Tríptico de andenes y trenes



Uno aprende a estar solo, a soportar el sentimiento de la soledad, esa soledad que construimos con diferentes rostros: tristeza, angustia, ansiedad, abandono, miedo...
Los trenes dejan un vaho de soledad en el tiempo, en las viejas maderas sobre las que vaciamos nuestras huellas y cicatrices. 
Los andenes guardan los instantes convulsos de gestos y despedidas, los rastros que deja nuestra espera, en silencio y en soledad.


“Un pájaro metálico
devora la distancia,
pero sabes que estás lejos.
Cuando miras las sonrisas
blancas, sin ironía
de su noche.”


Goya Gutiérrez


(I)
En la disonante noche que despierta y traba sus dientes y su lengua
en las paredes gruesas y ralas de los rostros que un día fueron carne y huesos,
los trenes, encendidos como urbes de neón entre la niebla,
desgarran los rieles en una perpetua coreografía de caminos que retroceden.
Hay una mano de hollín que construye umbrales en el aire,
una penumbra que deshilacha sus vestidos y reclama
una estación donde llorar a solas.
No traspasan la memoria los carbones humeantes que edifican los trayectos,
han perdido la geometría de sus órganos y el humo delata su presencia.
Rielan las sombras en sílabas noctámbulas,
los trenes, encendidos como cicatrices que se clavan en el aire,
no temen al vientre estéril de la noche ni a destinos inciertos
ni a los ramales fantasmas,
porque siempre hay un andén esperando a que las horas los sepulten
en el hermoso sueño de los muertos.

(II)
La soledad de los trenes está llena de lluvia,
de paisajes helados, de muros de cal.
La soledad de los trenes pasa sin hacer ruido:
los ojos duelen y ni siquiera anochece.

La soledad de los trenes oculta en sus entrañas
indestructibles esqueletos de luciérnagas
que esperan el nacimiento de la luz en los túneles,
se quema en la piel de las estatuas,
temerosa de habitar las sombras.

La soledad de los trenes levanta hojas de polvo,
lleva la tez del camino en el costado insomne de la distancia.
Nos contempla, cubierta con los desdeñados adioses de sus itinerarios.
No hay vértigos ni vigilias en las manos
por donde cruzan las multitudes sin rostro,
sin nombre:
los ojos duelen y ni siquiera amanece
en el ignoto destierro de los muertos.

(III)
Todos los andenes tienen el olor rancio de la espera,
restos de soledad sobre los bancos
donde permanecen las cicatrices del adiós:
porque suele haber bancos en los que se espera siempre.
Entre un turbio vapor que palidece, adornado con lluvias interminables
sobre las que el corazón abandona la sequedad de sus latidos,
pisadas sin amor,
como una señal del viajero que incinera señales de humo
sobre el vientre helado del camino,
los andenes fingen locura e interrumpen el prolongado silbido de los trenes
cuando deslizan en el tiempo el paso errante del apresurado transeúnte
que descuartiza una caduca lejanía de despedidas y regresos.
Todos los andenes guardan en el insomnio
los pesados zapatos del viaje,
porque también mueren de soledad los muertos.

El vuelo de la Palabra. La poesía en Extremadura 2018
Excmo. Ayuntamiento de Badajoz (Badajoz - Mayo 2018)

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Un día, de pronto...

Nuestra vida está en continuo cambio. Todo tiene un principio y un final y lo que hoy es nuestro presente, puede que mañana se esfume. El cambio siempre nos produce incertidumbre y esa incertidumbre nos da miedo. Pero por mucho que intentemos controlar nuestra vida, habrá situaciones, habrá circunstancias que vendrán sin preguntar, que sucederán sin que lo esperemos y sin que seamos capaces de evitarlas.



 “Cuando venga a buscarme,
díganle:
se ha mudado.”

(Oliverio Girondo)

Un día, de pronto, te das cuenta
que el viento mueve las sillas de tu casa,
tintinea en los vasos,
deshace tu cama
y desliza un gemido de pájaro herido
en los trozos de cal hollados por las uñas,
en las cortinas y los armarios,
hace saltar el pan del tostador
y fragmenta los besos en la saliva
que dejas en el cristal cuando apuras tu copa.
No tienes tiempo para arreglar la ventana
o limpiar el polvo de los muebles,
y caducan en los almanaques los copos de nieve
mientras se escapan tu mujer y el deseo
en los inviernos del jardín,
dejándote sin voz que teja canciones de cuna.

Un día, de pronto, te das cuenta
que el viento muda su piel de reptil
en los peldaños de la escalera,
y no reconoces ni el eco de tus pasos,
se hacen los pasillos más estrechos,
extraños y húmedos,
y agrupas axiomas en el sordo lenguaje del silencio,
se te llena la soledad de soledades
cuando los minutos dejan sin memoria
tu reloj de pulsera,
y solo eres una sombra tras la luna del espejo
sin deseos de irse
sin ganas de quedarse.

Un día, de pronto,
cuando llegue la vida preguntando por ti,
encontrará que no hay mirillas en la puerta de tu casa
ni buzones con tu nombre,
y solo el viento,
ocupando tu sitio,
le dirá: “se ha mudado”.
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Nadie volverá a esta isla perdida

 


Con la presencia de la concejala de cultura, Paloma Morcillo Valle, se ha realizado, durante la Feria del Libro de Badajoz, la presentación de los libros "El vuelo de la Palabra. La poesía y el cuento en Extremadura 2019". La presentación ha corrido a cargo de Antonio Cid de Rivera y  Placido Ramírez.

Para el libro de poesía me han seleccionado el poema "Nadie volverá a esta isla perdida".




Soy el abismo que huye a tierra firme,
una isla perdida en busca de océanos y náufragos.”
Marta Navarro García


Nadie volverá a esta isla perdida donde solo llegan

maderos flotantes como espectros envueltos en brumas.

Vienen a llamarme las soledades con sus voces de agua,

ahora que las manos que rayaban trenzas de algas

en el rizado pubis de las olas, despliegan sus tormentas de tristeza

y queman las palabras en la ígnea luz de la brújula del olvido

para dejarme sin testamento y sin memoria.


Nadie volverá a esta isla perdida donde los pájaros cruzan a nado las nubes

disfrazados de peces moribundos que hambrean lejanas bahías.


No volverán las gaviotas al espigón

perdidas en los mapas que los alarifes trazaron en el crepúsculo,

abandonadas y maltrechas frente al mar inhóspito

que pone nombre a todos los inviernos,

y seguirán las rutas que dejan las olas prófugas

en las que el frío vive a la intemperie

escondiendo arrecifes coralinos en el bucle insólito

que dejan las estelas de espuma en el viento.


No volverán las mareas a sobrevivir en las cálidas estrías de la arena

ni encontrarán una sola roca en la que romperse

ni las sorprenderá el céfiro escuchando caracolas,

ebrias de oscuridades deambularan sin rumbo

para morirse a pedazos, como lo hace la lluvia desde siempre,

de repente y a destiempo.


Nadie volverá a esta isla perdida donde los ríos se erigen

en barcos furtivos incapaces de entender el lenguaje del poniente,

y eyaculan tormentas en las cenizas viajeras de la bitácora

que olvidó su norte lejos del mar y con los ojos teñidos de temporales.


No volverán el salitre y la sal a despertar al sol

con el olor que deja el ocaso sobre la niebla

cuando las medusas muerden la luz y siembran de adelfas la noche.


No volverán los faros intermitentes a tocar con la punta de los dedos

el puerto donde agonizan de sed las tristezas y las sombras

ni a delatar a los huracanes que vomitan farallones

cuando regresan los fantasmas de los barcos,

bautizados de muerte, de enterrarse a sí mismos.

Nadie volverá a esta isla perdida

donde solamente el mar permanece inalterable, los navíos apenas resisten,

comidos por los peces pierden sus huellas y sus regresos.

Solo algunos fragmentos sobreviven en el alma de los náufragos

cuando el viento pronuncia sus nombres.


El vuelo de la Palabra. La poesía en Extremadura 2019
Excmo. Ayuntamiento de Badajoz (Badajoz - Mayo 2019)

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Si mañana el olvido...



El pasado sábado 11 de mayo estuve en la localidad cacereña de Cilleros para recibir el segundo premio del X Certamen Literario de Poesía Villa de Cilleros, que se convoca con carácter anual en las modalidades de relato y poesía.
La ceremonia de entrega de premios comenzó a las seis de la tarde en la Biblioteca Municipal.
El primer premio fue para José Ronseiro Pedro, más conocido como Pepe Extremadura, cantautor y poeta extremeño.

Olvidar debería ser una decisión, debería ser el resultado de una elección consciente, y sin embargo, a veces perdemos, sin querer sin tan siquiera arriesgar, eso que construimos con tanto esfuerzo. Y así, sin quererlo, sin arriesgar, nos acostumbramos a perder algo cada día, y nos acostumbramos a no saber qué se va a perder a cada instante. 

                                                                                                          “Creo que aunque no supieras quién soy,
                                                                                                                       seguirías sabiendo que te quiero”
                                                                                                                                                              Lisa Genova



Si mañana el olvido clava en mí sus espinas de niebla,
deja a ciegas mi memoria y desconozco quién soy,
será que ha llegado el día en que mi vida
abrazará a oscuras los rostros congelados que pasarán por mis ojos
clandestinamente y sin apenas rozarme,
y el tiempo, tan cierto y tan inútil, se volverá eternamente ajeno,
como extraños mis zapatos y mi ropa,
incluso los estantes atestados de libros, los muebles,
las puertas, el jarrón de la entrada, las ventanas…
parecerán que nunca me pertenecieron.

Qué será entonces de mí si estas manos mías se despiertan llorando
y se vuelven de repente dos náufragos lejanos
incapaces de esbozar encantamientos de espuma en el mar de tu cuerpo.

Qué será entonces de mí cuando me olvide de tu nombre y el mío,
cuando sea incapaz de saber quién eres ni siquiera cuánto te he amado.

Dónde irán todas esas cosas que imaginamos juntos
mientras me quedo solo en un inmenso océano de sombras,
mientras el revoltijo confuso del olvido
baja las persianas de mi tiempo con ausencias y vacío.

Si mañana pierdo la fe de seguir construyendo juntos nuestra historia,
y me resulta confuso descubrir en el futuro pasadizos secretos
o huellas que provoquen incendios en la noche,
encontraría la manera de escribir con las cenizas todos los besos,
todas las caricias, todos los sonidos y temblores
que dejaron tus manos en la quietud absoluta de mi memoria,
y a fuerza de saberte, y a fuerza de nombrarte,
hallaré cobijo a las hojas que el olvido fue dejando caer sin mi permiso.

Si mañana al despertar desconozco la longitud de nuestros sueños
y se tiñe de oscuridad el cálido abrazo de nuestros labios,
si preguntan por ti mis versos y no sé qué decirles
ni siquiera en qué lugar de mis recuerdos te escondes,
si se hace de noche a mediodía y me olvido de todo cuánto fuimos,
tú abrázame y dime que me amas,
y aunque no recuerde nada sentiré en el pecho
como se rebosa de certezas el corazón,
y aprenderé de nuevo a salir a la calle con tu nombre,
a pronunciar palabras nunca usadas
y a que tu voz haga transitable el silencio,
a tomar el café cada mañana mientras hablamos sin usar pronombres,
a vaciarme los ojos desnudando tristezas mientras te miro…
y volveré a enamorarme de ti tantas veces como te olvide.








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Ahora que los años y mis canas...



En un acto celebrado en el Centro Cívico del Ayuntamiento de Santa Marta de Tormes, el sábado 19 de febrero, la Asociación Cultural Tierno Galván ha hecho entrega de los premios de la edición del año 2019 de los premios del XI Certamen Literario "San Valentín o el mito del amor". A este certamen se han presentado 140 trabajos, lo que da la idea del arduo trabajo que ha realizado el jurado.
Primer premio: Francisco Javier Silva Sánchez por "Ahora que mis canas y los años".
Segundo premio: José Luis López García por "Hacerle trampas al tiempo".
Tercer premio: María del Mar Fernández González por "Besos del Mar".
Finalistas: María Lourdes Hidalgo por "El último año" e Isaura Díaz por "Cartas de amor".

 “De ti depende el viaje o la zozobra,
su pesca o su destino, la distancia que logre…”
Andrés Neuman


Ahora que mis canas y los años rompen el calendario
y los días facturan el ovillo confuso de una vida que se me agota,
que pesa y se inflama de repente cuando traspasa, sin avisar,
el gesto congelado de los rostros sin nombre que me deshabitan,
y solo deja cárcavas y escombros en la memoria,
ahora que son tan evidentes los cadáveres que deja el tiempo
sobre las manecillas enfermas de mi reloj de pulsera
mientras los centinelas clandestinos de la muerte
cruzan por mí los pasos cebras,
leen mis periódicos, se beben mi agua,
desamparan mis latidos a la deriva
y me dejan las primaveras nevadas de inviernos,
ahora que vivir es un milagro abriéndose las venas
con el óxido incandescente que crece en el olvido
o simplemente pasos que atropella la niebla
con efímeros recuerdos que ignoran su destino,
y mis zapatos son dos náufragos al pie de la escalera
porque deje abiertas por descuido las puertas de un cielo y un infierno,
 

ahora he de decirte que, aún hoy, el olor de tu cuerpo amanecido
lleva el estigma de los besos que nos nacieron a la sombra de los parques,
que sigo abordando las calas más agrestes de tus ojos
en los que anidan descalzos los otoños y los pájaros,
las tardes de lluvia donde te sueño nube
mientras se desnuda tu risa dibujada en los charcos,
el cristal quebradizo de mi voz que sigue llamándote hierba y musgo,
he de decirte que, incluso hoy,
a plena luz del día hay hebras de rocío creciendo en tu vientre,
que me pierdo en aguaceros por tu ombligo
aprendiendo tus temblores más secretos
y conjugando sobre tu piel eternos pentagramas de caricias,
que trazo ignotas geografías en el mapa transparente de tus labios
cuando la noche se reduce a una claridad de luz en tu mirada,
te aseguro que, aún hoy,
me desangro en el cálido lenguaje de tu cuerpo
y se pueblan mis dedos de atrevidas metáforas de ternuras,
que bebo en las fuentes de tus senos un océano de madrugadas
donde crepita tu nombre mientras te dejo olas en el pleamar de tu boca,
que de tanto imaginarte te pienso viento y tormenta,
y te descubro playa en mis ojos cuando siembro gaviotas en tus párpados,


ahora que todo puede acontecer en un instante cuando envejecen los minutos
como un río que llega a su desembocadura reinventando lo imposible,
ahora que te miro desde dentro para liberar mis fantasmas
y remendar las cicatrices que sangran en mi interior,
ahora que mi rastro se borra inevitablemente de todos los caminos
y me sorprendo encontrándote resguardada en mis cavidades y recodos,
y te siento cercana y transparente,
ahora que, incluso hoy, me es difícil no saber cómo pedirte
que vayamos a dormir para deshacer mis sueños en tu oído,
que ya habrá tiempo mañana de hablar de eclipses y mareas
y de prender estrellas en el perímetro intangible de algún beso.




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Escúchame - Canal Extremadura



Hay discapacidades que no son físicas ni mentales o sensoriales. Son las discapacidades del corazón, las de aquellas personas que no son capaces de superar las barreras de la discriminación y del aislamiento social de esas otras personas con capacidades diferentes, a las que marcan, miden y evaluan su supuesta capacidad productiva y aptitud para el trabajo.
Cualquiera puede pasar a formar parte de esa realidad que es la discapacidad, ya sea por nacimiento, enfermedad (como ha sido mi caso), algún accidente...
Por eso, entiendo que la discapacidad debe ser una construcción de todos, cimentada a diario, en nuestras relaciones sociales, en nuestra manera de pensar, en nuestra manera de construir y agrupar el entorno social, físico, cultural en el que nos desenvolvemos.
Hoy en día, me encuentro viviendo una gran experiencia como operario de limpieza viaria, la cual agradezco y aprovecho diariamente. Minusbarros SCL me dio la oportunidad de superar obtáculos cuando mi enfermedad puso barricadas y mucho miedo en mi vida, de la que yo mismo me excluí.
Hoy entiendo que mi discapacidad no es una traba o una limitación, al contrario. Convivo con ella, la tomo siempre como un desafío personal que intento superar cada día demostrándome que puedo.
Hoy estoy donde debo estar porque siento que encontré mi lugar.

Escúchame -Canal Extremadura
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Ahora que el café de cada día... El vuelo de la palabra 2017



"Si la vida fuera otra y la muerte llegase, 
entonces, te amaría hoy, mañana... 
por siempre... todavía"
Mario Benedetti 



Ahora que el café de cada día refrenda sobre la mesa
el penúltimo inventario que conjuga nuestros nombres
y arrastra a cada cual hacia el olvido,
ahora que de tanto acostumbrame a tu presencia
surcan mi piel las arrugas que la caligrafía de la ausencia deja
cuando atraviesa la puerta giratoria de tus labios
y se rompe en todas las direcciones hasta encontrarte,
ahora que hemos muerto tantas veces de dolor o de alegría
y nos caben en el pecho todas las calles donde se amotinaron los sueños
a los que dejamos de ponerles el pijama,
ahora que, cuidadosamente archivados,   
entregamos a la vida los instantes que componen la memoria
con tantas lluvias torrenciales, con tantas caricias pensadas
que acabaron volando en cicatrices,
con tantas soledades repletas de los esqueletos que el frío deja
congelados en el cálido abrazo de los cuerpos,
ahora que el pasante nos exige las cuentas de cada uno de los gestos
más simples que compartimos,
y no dejan de llegarnos demandas de Hacienda por no declarar ni cielos,
ni infiernos, ni siquiera los fantasmas que construyen con tiza
las fronteras inevitables entre el alba y el crepúsculo,
ahora que el invierno resulta obligatorio
porque ya pagamos los plazos fiados de existir, te podría...
te podría escuchar en el viento y ser tu voz,
te podría escribir infinitas lloviznas de latidos
en la vertiente interminable de tu piel,
te podría, con las manos a tientas, dibujar
intentando alargar los momentos de ternura,
te podría detener los relojes y hablar de eternidades
o futuros imperfectos con las horas, te podría...
te podría inventar un verano de azaleas con un cielo a la altura de los árboles
para que vuelen los pájaros entre tu pelo,
te podría remover los muebles, cambiarlos de sitio,
vaciar los estantes de papeles y mapas, de plegarias y rituales,
olvidar la fecha de mi entierro,
ahora, precisamente ahora, que al resguardo del café de cada día,
vuelve a nacerme entre los dedos tu rostro
y el olor a romero de tus ojos.

Ahora que enseño a los peces el nombre exacto
de todos los ríos que atraviesan tu vientre,
y no existen más océanos ni cielos que aquellos
que habitan el espacio que dejan nuestros cuerpos al abrazarnos,
precisamente hoy, cuando ya no me importa la hora que marcan los relojes
y vivo el presente tan solo en los días no contados,
y mi corazón busca ser de nuevo una página en blanco
donde seguir escribiendo su liturgia de amor,
ahora que cada amanecer, cada ola que llega, cada paisaje prestado,
es una amnistía que encuentra la vida al raso de tus párpados,
ahora, solo ahora,
merece la pena dibujar en tu piel todos los versos que me nacen. 

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Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (III)





 22... Observó como la luz transparente del otoño se derramaba sobre la calle. Sin embargo, a él le invadía una extraña sensación de ahogo. - Su cáncer no tiene cura, no es posible operarlo. Tiene un año de vida a lo sumo. Lo siento. - Sí, lo comprendo. Tuvo la sensación de que algo se le rompía, pero no quería sentimientos de lástima ni deshacerse en llanto. Se anudó la bufanda alrededor del cuello y se abotonó la chaqueta. Quería pasear, traspasar los límites de algún camino polvoriento donde ahuyentar todos los pensamientos.  
23... Pensó que podría encontrar el sendero. Escuchó el rugido de un coche que subía por el camino que bordeaba la pendiente. Intentó levantarse mientras el vehículo aparecía tras la última curva y se paraba. Un hombre abrió la puerta del coche. Llevaba el rostro cubierto, le apuntaba con una pistola y le disparaba, sin que aquellos actos tuvieran algún sentido.  
24... Había sangre en el suelo, oscureciéndolo.  
25… Un viento helado corría por el camino de tierra bordeado de árboles. Algunos estaban muriendo, encorvados por el frío y la enfermedad, pero casi todos se veían firmes y fuertes. Se detuvo frente a la caseta de la verja principal. El guardia le indicó con señas que entrará. Escudriñó con la mirada el largo y anchó corredor. Un rótulo, al final del mismo, le advertía: “CORREDOR DE LA MUERTE – ÁREA DE VISITAS”. - Por favor, colóquese delante de la cabina de entrevistas. El preso elevó la mirada. - Ya han fijado la fecha de la ejecución. - Lo sé. Levantó las manos esposadas y las apoyó contra el pecho. - Soy inocente, y voy a morir. Observó al hombre encerrado, sin decir nada. Permanecieron largo rato sentados, en silencio.  
26… Nadie intentó impedirlo. Una fuerte dosis de tiopentotal sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio, esperaba cobardemente. A nadie le importaba su inocencia.  
27… Tenía los macilentos brazos extendidos y las muñecas sujetas con correas. Pretendió tragar saliva pero tenía la boca reseca. Miró los tubos flexibles que se clavaban en sus venas. El pecho le subía y bajaba, palpitantemente. Giró la cabeza y vio al director de la prisión hacer un gesto con la mano. Y sintió que cruzaba la línea que separa la vida de la muerte.  
28… - Una limosna, por caridad. Aquellas palabras rompieron el único sonido que hasta entonces llegaba a sus oídos: el cadencioso goteo de los latidos acelerados de su corazón.  
29… Abrumado por la angustia, se secó el sudor que perlaba su rostro. Apretaba con furia la bolsa de monedas, con tal fuerza que tenía la sensación de que se inflamaba entre sus dedos, causándole quemaduras. Trató de recordar pero sólo encontró oscuridades en todos los recovecos de su memoria. Se sentía herido, culpable de un tiempo que los ojos del mendigo le habían mostrado, lleno de sombras, asustado y avergonzado de su propia historia humana. ¿Qué sentido tenía haber entregado sangre inocente, si la verdad que defiendes te derrota y te hunde en irritantes cicatrices? Lo último que vio antes de darse la vuelta, fue la figura del mendigo, satisfecho, alborozado, cerrando sus manos en torno a la bolsa de monedas, convertida en emponzoñados espejos de futuro que le prometían una nueva vida. Pensó, sin embargo, que la vida seguiría existiendo con la abstracción, la intolerancia e irreflexión de siempre, de lo que no tiene razón.  
30 monedas... Judas comprendió que su perpetua condena había sido recoger a lo largo del tiempo las sombras de la naturaleza humana, su amargo retrato. Así, sin más, se encontró de pronto con el abismo de aquella verdad que lo cercaba. Malgastados quedaban ya los besos en el huerto de Getsemaní y, oculta en la tierra, la sangre derramada. Y se halló vacío, desgastado por la vida, sin nada... Tan solo su mirada quedó asida a las manos del mendigo y la bolsa de monedas, mientras el polvo se encargaba de borrar lo que dejaba atrás. Poco después, la luna surgió súbitamente sobre la cresta de la colina, rodeando, con sus blancos y neblinosos brazos, la figura inerte que colgaba del árbol.

© francisco javier silva  cuentos que guardo bajo mi almohada

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Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (II)




7... El griterío de la muchedumbre, sombras sin contornos definidos, se agitaban a su alrededor. Con mucho cuidado intentó mover las manos. Sus dedos rozaron el rugoso tronco de madera.
8... Giró despacio la cabeza hacia donde estaba el hombre. Un leve movimiento de su brazo acercó la tea encendida a la leña seca que tenía bajo sus pies.
El sol se asomó entre gruesos nubarrones de tormenta, tiñendo el ocaso con un halo de fuego que alejó todos los gritos y todas las sombras.
9... Caminó por todo el pueblo, contento por lo diferente que se veían las cosas de repente.
El agradable aroma que salía de la panadería, las voces de los niños y el sonido de la campanilla del colegio, el ir y venir de la gente entrando o saliendo de la estafeta de correos, el retumbo del tren en la estación entre tufos de vapor silbante y carbonilla. Se detuvo, sin embargo, frente a la iglesia. La campana repiqueteó doce veces mientras se abría la puerta, y un número indeterminado de figuras sombrías y encapuchadas la cruzaban. La luna se filtraba entre las ramas de los árboles cercanos, descubriéndolas más espectrales y aterradoras.
La muchacha no supo reprimir un nuevo sollozo. Sintió punzadas de ansiedad, un miedo atávico. Uno de aquellos encapuchados le hizo un gesto con la mano, indicándole que saliese a la ominosa oscuridad de la noche.
10... Apenas tuvo tiempo de hacerlo. Un brutal empujón la arrojó sobre la escalera de la entrada. La muchacha rodó y cayó al suelo, dejando escapar un gemido. Tambaleándose intentó ponerse en pie. Un nuevo gesto y aquellos encapuchados comenzaron a golpearla, sin piedad, con saña, sin importarles los gritos de dolor.
Observaba en la oscuridad, horrorizado.
- ¡Dejadla!
Se abalanzó sobre ellos en el mismo momento que una soga se ceñía al cuello de ébano de la muchacha, estrangulándola y asfixiándola, cada vez con más fuerza. Sintió que lo miraba, suplicándole con los ojos que la ayudara.
11... Ella comenzó a llorar. La abrazó, apretándola contra su pecho. Luego, rompió también en sollozos.
No sabía si lloraba por ella, por los que se habían ido, por el mismo. En aquellos instantes, poco importaba. Miró la insignia de la Estrella de David sobre su ropa, el muro de cuatro metros que separaba el gueto y sus sombras humanas de desesperos, humillaciones y noches eternas, de la luz.
Pasearon como dos fantasmas por la calle Krochmalna, a pesar del intenso frío. Nada quedaba del gentío que semanas atrás se agolpaba en su trayecto, llenándola. Las frecuentes deportaciones hacia Treblinka de los últimos días, acabaron por vaciarla. Sólo unos niños sentados en la cuneta, con los pies descalzos, parecían esperar a quienes nunca más volverían a pisarla.
12... El tren hizo su entrada en la pequeña estación. Abrazaba a la muchacha con fuerza, intentando que el calor de su abrazo la confortara. Un reloj de madera marcaba, imperturbable, la misma hora: las tres de la tarde.
13... No entendía por qué habían separado a las mujeres y los niños de los hombres, por qué les despojaron de sus sombreros y abrigos, de sus camisas y pantalones, de sus zapatos, de su
ropa interior, de las pocas pertenencias que les quedaban. No entendía qué hacía en mitad de aquel sombrío barracón lleno de duchas, jadeante y aterrado.
¿Qué habría sido de la muchacha, de las otras mujeres, de los niños?
El crujido metálico de las duchas y el sonido de un avión sobrevolando el barracón, se unió a los gritos desesperados de la muerte.
14... Mientras el avión se inclinaba ascendiendo, observaba el horizonte con nerviosismo. Las manos le sudaban cuando vislumbró, a lo lejos, las luces intermitentes.
- ¡Ahora!
- Muy bien, ¡fuera!
- ¡Buen viaje, Little Boy!
El avión se estremeció, y dejó caer su cargamento con furia abrasadora.
15... Una extraña tranquilidad se respiraba en la casa. Las ramas de hiedra cubrían las paredes de la entrada y un viento suave balanceaba las ramas de los cerezos, haciéndolas temblar.
Se sirvió una taza de humeante té mientras se asomaba a la ventana. Miró el reloj con la inquietud que le producía la calma y el silencio de aquella mañana. Sólo eran las 8:15.
16... El parpadeante resplandor en el cielo llamó su atención. Una luz blanca azulada le llegó de golpe a los ojos, y no pudo ver nada. Seguidamente, la explosión le hizo perder la noción del tiempo y el espacio.
17... El fuego...
18... No tenía tiempo para escapar. Permaneció en donde estaba hasta que le alcanzó.
Abrió los ojos y vio que se hallaba tendido en el suelo, rodeado de flotantes cenizas.
19... Vagó alrededor de una ciudad que olía a muerte. Montones de cadáveres se amontonaban entre los escombros, con las manos abiertas y las piernas torcidas en agonía. Se sintió totalmente extraño porque aún seguía vivo. Deseaba cerrar los ojos, dormir, olvidar. Su corazón estaba desconsolado por el pasado, por el presente, por el futuro.
20... Deslizó entre las sábanas el brazo pinchado por la aguja. Tocó la piel, ajada y blanda. Parecía que tuviera cien años en su cuerpo de veintidós.
Siempre creyó que el mundo le llamaría para llevarle lejos del pequeño pueblo donde había nacido. Con el tiempo, mientras crecía, su único deseo fue escapar cuanto antes.
Cuando murió su madre, sus sueños estaban guardados en bolitas de alcanfor. Pero a los quince años dejó de ser niño, ahogado en el alcohol de un padre sin sentimientos que desertó, huyó, y le dejó olvidado en un sucio albergue para huérfanos.
21... Tenía miedo. Aquella noche, los más pequeños habían pasado por las duchas de agua fría. Oyó los golpes que recibían cuando se quejaban. Se cubrió la boca con las manos para asfixiar sus propios lamentos. Aún tenía abierta la herida que la fina vara de olivo le ocasionó en la pierna, únicamente por decir que tenía hambre. En ocasiones sentía fuertes punzadas y le sangraba.
Su miedo se acrecentaba por las noches. En la cama se le amontonaban los insultos, las humillaciones, su propia amargura. Su corazón, débil y frágil, se aferraba a la vida, mientras su endeble latido conseguía resquebrajar el silencio de la habitación, hasta que terminó por ceder, y los días solo fueron agujas clavadas en su maltrecha esperanza. Y escapó...


© francisco javier silva  cuentos que guardo bajo mi almohada
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Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (I)





EL VUELO DE LA PALABRA CUENTO 2014

Selección de cuentos que siguen diferentes caminos hacia la narrativa, muy distintos entre sí, que combinan diferentes procedimientos y registros de entender la escritura.

Tránsitos de sombras fue seleccionada para formar parte del libro "El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura 2014" como una de las obras ganadoras de la edición de este Certamen Literario 2014.




 “¿Cómo alargar un sueño hasta que sea un punto en el paisaje, una figura, una palabra o la muerte, sin que el paisaje se desintegre como una burbuja? Nosotros ya no podemos dejar de estar en el paisaje siguiente, aunque sea un paisaje en blanco.”
Roberto Juarroz

 
Caminaba lentamente, con la cabeza inclinada hacia delante. Dos profundas arrugas de tristeza le bajaban de los ojos a los labios.
Atravesó la vieja construcción de estuco que servía de entrada al templo. Aplastó la espalda contra un arco lleno de lirios blancos. Se restregó la frente con las palmas de las manos abiertas, mientras el sol perseguía su figura, sin tregua, y su sombra le delataba con tinturas ocres sobre los remolinos de polvo que se formaban a sus pies.
Con el semblante anegado por pensamientos que continuamente amenazaban su memoria, por voces que un día llenaron su corazón y ahora rasgueaban como ecos disipados de lo que antes fue un sueño, entró en el templo.
Una silueta imprecisa se le cruzó en el camino.
- Una limosna, por caridad.
Aquellas palabras rompieron el único sonido que hasta entonces llegaba a sus oídos: el cadencioso goteo de los latidos acelerados de su corazón.
Lo observó como contemplan unos ojos desgastados las mil caras de un espejo roto. Se sobresaltó levemente cuando el hombre se detuvo a su lado, y se quedó mirándolo durante un largo rato, como si necesitase retener cada uno de los detalles de su rostro.
La nariz aguileña y afilada, las ligeras arrugas entre las cejas, la comisura abierta de los labios, eran signos indefinidos que apenas le decían nada.
- Una limosna, buen hombre.
Le miró a los ojos, unos ojos que parecían emerger de otro mundo, de otra realidad, y que, casi sin pretenderlo, conseguían cautivarlo. Intentó saber qué guardaba aquella mirada, aquellos ojos que parecían los ojos de una multitud, llenos de luces y de oscuridades.
- Una limosna... - imploró la voz del mendigo. Sin embargo, siguió sin prestarle, aparentemente, ninguna atención. Sus ojos se confundieron con aquellos ojos de luces y de sombras, y quedó absorto mirando un laberinto de monedas, de semblantes y rasgos difuminados, de sonidos teñidos de miedo. Algo fluyó de la mirada del mendigo, hablándole...
1... Este verano, han anidado las palomas en los alrededores del Templo de Júpiter. Sus cantos recurrentes coquetean con los trinos de los pájaros que, muy temprano, comienzan a señalar el paso del sol.
Entre las caídas tapias de piedra del jardín, mojaba el último trozo de pan negro en un roído tazón de caldo y coles. Una extraña cortina agrisada trascendía entre los haces de luz del horizonte.
Lavó sus manos y, tras mojarse los brazos, hizo lo propio con el pelo. Después se colocó la túnica y se dispuso a emprender el camino hacia la pequeña prensa de vino donde trabajaba.
Entró en la serpenteante y empinada vía que le conducía a su destino, estrecha y tortuosa. De pronto, vislumbró un resplandor delante de él, voraz e intenso, miles de chispas cayendo, y una multitud de gente que no cesaba de apagarlas, intentando que no prendieran fuego a las casas. Pero el viento, furioso, soplaba con fuerza.
A su alrededor, se oían los chillidos de aquellos que eran atrapados por las llamas.
Echó a correr. El fuego, antes o después, llegaría también a su casa.
2... - ¡Los cristianos, han sido los cristianos!
El resplandor de las llamas se agitaba tras las ventanas, iluminándolas. Sentía un miedo atroz. Apretó con fuerza la bolsa de monedas que había guardado entre sus ropas, cuando oyó un golpe por encima de su cabeza. Comprendió que el fuego se extendía por el tejado, pero no le
importaba; únicamente quería estar solo, lejos de aquellos que le gritaban y le llamaban cristiano.
Cuando el tejado en llamas se derrumbó sobre el suelo, corrió hacia la puerta. Pensó que el circo Máximo sería un buen abrigo, para él y para su bolsa de monedas.
Sin embargo, el circo Máximo estaba ardiendo. Preso del pánico, buscó refugio e intentó huir por los márgenes del río Tíber. Nadie le perseguía.
Salió de la ciudad sin atreverse a mirar hacia atrás en su huida. Escuchó alaridos, gritos de mujeres y de niños aterrados, voces que imaginaba que le llamaban. Pero en ningún momento giró la cabeza para ver de nuevo el ruido hiriente del humo. Tenía los ojos muy abiertos, la boca jadeante. Alcanzó el tronco de un árbol y se apoyó en él. El cansancio, mayor que la locura que le envolvía, le hizo perder el sentido. Como la cabeza de un alfiler, el sol se perdía en el horizonte.
3... Aquella noche, la luna adquiría tonos plateados en la orilla de las nubes.
Abrió los ojos en la oscuridad. Le dolía todo el costado. Recorrió con las manos parte de su cuerpo y reparó en unas pequeñas hinchazones en las ingles y en las axilas. Un sudor frío y fétido le envolvía. Se puso en pie tras un gran esfuerzo. Intentó andar, pero el dolor le oprimía la espalda y apenas podía levantar la cabeza.
El humo de las fogatas encendidas se filtraba a través de las primeras calles. Hacía frío.
Se detuvo frente a la puerta cerrada. Antes de llamar recordó los momentos felices vividos con su mujer y sus hijos. Deseaba enormemente encontrarse de nuevo con ellos. Golpeó la puerta con unas manos temblorosas y sin fuerzas. Desde el interior, se escuchó una voz convulsa y quebrada.
- ¿Quién vive?
- Soy yo, mujer, tu esposo, déjame entrar. Estoy helado.
Pero la puerta continuó tercamente cerrada.
4... - No tengo esposo.
- Soy yo, mujer... ¿no reconoces mi voz?
- ¡Mi esposo murió, se lo llevó este cruel castigo de Dios!
Bruscamente tomó conciencia de la realidad. Se miró las manos, llenas de pústulas y úlceras. Tenía fiebre y una enorme necesidad de beber.
- ¡Abre, mujer!
Pero la puerta continuó tenazmente cerrada. Y detrás de ella, sólo escuchó el silencio.
Todo pareció tornarse oscuro, incomprensible, como si de una pesadilla se tratase.
Roto el hilo de su memoria, decidió marcharse. Deambuló nuevamente por las calles, iluminadas por las esferas de luz de las hogueras y las antorchas. Descubrió en todos los rincones hombres, mujeres y niños, indiscernibles, que se ahogaban o jadeaban de pavor cubriéndose la boca y la nariz con un pañuelo para no aspirar un aire cada vez más nauseabundo.
5... Entró en el puerto de Caffa por uno de los arcos abiertos en la pared norte de
la ciudad. Pensaba que lo mejor para olvidar era embarcarse hacia Sicilia. El deseo que alumbraba su alma de empezar una nueva vida, hizo que no sintiese ninguna fatiga durante el viaje. Aún así, seguía encontrándose mal. Lo extraño fue que muchos marineros enfermaron también durante la travesía. Algunos murieron como consecuencia de fiebres altas y fuertes hemorragias internas.
Llovía cuando desembarcó. El suelo presentaba esos tonos brillantes que sólo destapa la lluvia. Tanteó sus bolsillos en un gesto inequívoco de buscar la bolsa de monedas. Dejó escapar un leve estornudo en el mismo momento que la luz de una tea encendida le deslumbró los ojos.
- ¡Qué Dios te bendiga!
6... Advirtió que su respiración era irregular y costosa. A través de sus párpados cerrados, percibió la oscuridad. No quería abrir los ojos. La sensación de estar al borde de un precipicio le hizo temblar, más si cabe que el frío que recorría todo su cuerpo.
Sabía que no le había prestado mucha atención a la religión, por ello nunca imaginó que sus acciones hubiesen sido tan censurables como para que fuesen consideradas pecados mortales. Pero el interrogatorio y el dolor de la tortura hizo que inconscientemente dijese sí.
¿Cómo había llegado a Toledo? ¿Cómo había ido a parar a uno de esos sótanos húmedos y oscuros? ¿Brujo, adivino, blasfemo?
Las preguntas se amontonaban en su mente. Creyó que le iba a estallar la cabeza, tan sólo de pensar que en horas sería conducido a la plaza de los quemados, para rendir cuentas públicamente ante Dios...


 © francisco javier silva  cuentos que guardo bajo mi almohada
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