Cuento n° 4 El juego silencioso de los nombres


Relato perteneciente al libro benéfico "Invisibles. Rostros en un espejo roto". Se trata de una antología con relatos sobre bullying y ciberbullying, que se encuentra a la venta en formato físico y digital en Amazón, y cuyas ventas están destinadas integramente a Acanae (Asociación Canaria no al acoso escolar). Relatos inéditos de autores de la talla de Andrea Tome, Melanie Rostock, Érika Gael, Merche Diolch, Elena Castillo Castro, Ines Díaz Arriero, Dani Padilla, Paula de Vera, Paula Gallego, Tania López Parra, Raquel Silva, Lorena Martín. La antología se completa con la poesía urbana de @srtabebi y un cuento de Elizabeth López Caballero. Cabe destacar en la misma la labor de maquetación y portada realizada por H Kramer. 
Para mí participar en esta antología ha supuesto una doble satisfación. Por un lado colaborar y aportar mi granito en la antología con un cuento y un poema y por otro, algo que me llena de satisfacción y me emociona, compartir mi trabajo con el trabajo de mi hija Raquel, también incluida en dicha antología.

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JAVIER
Las lágrimas brotaron solas, un reguero mudo, como si sus ojos hubieran reaccionado por propia iniciativa. Parecían llorar de un modo inconsciente.
Nacho lo agarró por la cabeza, puso una mano sobre una de las mejillas y la otra tirándole del pelo. Lo arrastró así por el suelo del gimnasio. El dolor era descomunal. Y se intensificó mucho más al recibir una patada en el estómago. Intentó levantarse.
Alex observaba cabizbajo la escena, sin atreverse a decir nada.
Javier cerró los ojos, dispuesto a recibir un nuevo golpe. De rodillas y aturdido, lo único que lamentaba era que uno de esos golpes no acabará de una vez con su vida. En esos momentos pensaba que morirse sería más dulce que tener que seguir con ese sufrimiento continuo y deseaba que todo se volviera oscuro y el mundo desapareciese.
Sin embargo, lo único que llegó fue el impacto de un nuevo golpe. Instintivamente intentó protegerse la cabeza con las manos. Se detuvo. Ya no sentía nada.
-          ¡Nacho! – gritó Alex -. ¡No se mueve! ¡Se nos ha ido de las manos! ¡Y todo es culpa tuya!
Nacho levantó su puño con intención de golpear a Alex, sintiendo un súbito impulso de ira. Pero se limitó a respirar hondo.
-          No intentes volverte contra mí – le advirtió -. Tú también tienes la culpa de lo que ha pasado. ¡Vámonos… antes de que entre alguien y nos vea!

NACHO
Nacho…
               Amenazas…
                                     Insultos…
                                                       Palabras hirientes…
                                                                                           Burlas…
                                                                                                          Agresiones…

ÁLVARO Y PAULA
El coche se detuvo y ambos se apearon de inmediato. Se dirigieron presurosos a la entrada de urgencias. Un enfermero les detuvo el paso.
-          Buenas tardes – saludó con formalidad.
-          Somos los padres de Javier.
El celador asintió con un movimiento de cabeza y les señaló un asiento donde poder acomodarse.
-          Esperen ahí un momento.
Álvaro y Paula rehusaron la invitación y se quedaron de píe, impacientes, mirando con intranquilidad a través de los pasillos, donde enfermeros y médicos con batas blancas los transitaban prestos de un lugar a otro.
Transcurrieron algunos minutos, eternos. La expresión de sus rostros era cada vez más tensa y la impaciencia y el nerviosismo más evidente.
Finalmente, la puerta de unos de los boxes se abrió y salió una doctora que se dirigió hacia ellos. Sin más preámbulos, tranquila y sucintamente, dejando translucir el mínimo de emoción posible, comenzó a hablarles.
-          A su hijo le hemos extirpado el bazo debido a un traumatismo. La operación ha salido bien y se encuentra evolucionando satisfactoriamente dentro de la gravedad. Además le hemos atendido de varios hematomas producidos por golpes.
-          ¡Gracias a Dios! – dijo, aliviada, Paula.
-          Dados los hechos, procedimos a comunicar a las autoridades todos los pormenores, por claros indicios de agresión física.
Álvaro y Paula se miraron en silencio. Ahora si buscaron el acomodo del asiento que antes les había ofrecido el celador.
Paula observó a su marido. En ningún momento quiso interrumpir el hilo de sus pensamientos. Seguro que todos hacían referencia a qué podía haber sucedido con Javier, cómo no habían sido capaces de darse cuenta o sospechar lo que le ocurría.
En cierto momento, ella lo miró de reojo y leyó en su cara una profunda tristeza.

MARIEL
Mariel se abrió paso entre la multitud agolpada en la entrada. Fingió leer una de las circulares clavadas en el tablón de anuncios. Y se esforzó por no perderse ninguna palabra cuando un alumno de 4º de la E.S.O. reveló lo ocurrido.
Sintió un espantoso escalofrío. Por un instante recordó como abrió los ojos de par en par cuando le vio aquella primera vez.  Era más alto que ella pero no le importó. Se acercó decidida.
-          ¡Hola! – le dijo para llamar su atención -. Estoy realizando una encuesta informal para saber los gustos de los alumnos de 1º de la E.S.O. en cuanto a sus relaciones personales. Es para un trabajo de clase. ¿Tienes novia?
Javier la miró encogiendo el entrecejo.
-          No.
-          ¿Sales con alguien?
Javier la observaba perplejo.
-          No.
-          ¿Te gustan las chicas?
-          Por supuesto que sí – contestó algo incomodado.
Sin embargo, sonrío cuando sus ojos inmensos se encontraron con los suyos. El primero de otros muchos encuentros que vinieron después.
En aquellos momentos pensó que, de alguna forma, ella era también culpable de lo que le pudiera haber pasado. Le dio la espalda cuando más la necesitaba, quizás por miedo a que la reacción de Nacho pudiese ser más agresiva cuando, sin motivos aparentes, prohibió a Javier que la viera, insultándolo y amenazándolo. Y se alejó de él.
Debía hablar con Alex. Era la única persona que podía decirle exactamente qué había ocurrido.

ALEX
El timbre de la puerta sonó estridentemente y retumbó en toda la casa. El ruido le sorprendió. Aquella tarde estaba solo y no esperaba a nadie.
-          ¿Quién es?
-          Soy Alex.
La voz de Nacho resonó de lejos.
-          ¡Lárgate! No tengo ganas de ver a nadie y mucho menos a ti, ¡idiota!
Alex sintió como toda la fuerza que le había faltado el día anterior, cuando más la había necesitado, se le acumuló en un desesperado grito:
-          ¡Ábreme, por Dios! – suplicó temblando de miedo y respirando aceleradamente.
Solo obtuvo el silencio por respuesta.
Aún no había anochecido. Alex andaba aturdido mirando el suelo, de forma que no se percató de la presencia de Mariel hasta el momento el que comenzó a hablarle.
-          ¿Qué ha pasado con Javier? ¿Habéis tenido algo que ver Nacho y tú con lo que le ha ocurrido?
-          Yo no fui. – La voz de Alex era apenas un susurro entre sus labios -. Nacho me obligaba.
Alex estaba desesperado. Lo delataba la expresión angustiada de su rostro y el tono cada vez más ahogado de su voz.
-          Sé que no pretendías hacerle daño.
-          Pero fue culpa mía, por no hacer nada, ni ayer ni nunca, y Javier se va a morir.
Sollozaba de un modo incontenible, con el rostro hundido entre las manos.
-          Nunca debí…
Mariel le pasó el brazo por los hombros.
-          Mañana le contaremos todo al Director Marcelo. Te sentirás mejor contigo mismo. Seguro que encuentra la forma de que Nacho no vuelva a hacerle daño a nadie.

MARCELO
Marcelo colgó el teléfono, aliviado, y procedió lentamente a sentarse en su desgastado y confortable sillón. Solía reposar en él cuando le agobiaban los problemas de su cargo, intentando en aquel pequeño reducto de paz encontrar alguna solución.
Acababa de hablar con los padres de Javier. Las noticias sobre su estado de salud eran buenas, dentro de la gravedad, y la evolución parecía satisfactoria.
Cuando las limpiadoras encontraron a Javier, inerte en el suelo del gimnasio, se vio sacudido por una fuerte conmoción. Cuando se lo comunicaron, farfulló algo ininteligible mientras pensaba que en su instituto no podía pasar algo así. Transido, con la mirada vacía, impotente y sin decir nada, comprobó como la desesperación estuvo a punto de dominarlo.
Al día siguiente habló con los alumnos. Ninguno de ellos había oído o visto nada. La mayoría coincidía en que todo lo que circulaba de unos a otros eran rumores de que algo pasaba pero nadie quería saber exactamente qué. Eran chismes, historias contadas una y otra vez entre ellos, pero en definitiva no dejaban de ser simples especulaciones.
Tomó una honda bocanada de aire mientras se preguntaba qué ocurriría a partir de ahora. Seguramente la vida en el instituto sería distinta.
De repente, unos reiterados golpes en la puerta le devolvieron a la realidad.
-          ¿Podemos pasar? – musitó Mariel -. Tenemos que hablar con usted.

MARCIAL
Aunque hablar del caso le dolía en lo más recóndito de su ser, empezó a sentir cierto alivio mirando los ojos insondables de Javier.
-          Puedes estar tranquilo, Javier. No volverá a hacerte daño.
-          ¿Por qué a mí? Jamás le hice nada y sin embargo…
-          Siento decirlo, no se me ocurre ninguna explicación, aparte de la mala intención, de la crueldad. En cuanto a por qué alguien hace algo así, no tengo ni idea.
A Javier le costaba pronunciar las palabras. Le pesaba no haber recurrido a sus padres o a alguien más con capacidad de comprender y aconsejarle. De esa forma, quizás la soledad y el dolor no hubieran estado tan presentes y lo que le resultaba soportable durante un día o dos, no se hubiese convertido en algo monstruoso y sin fin.
Marcial continuó hablando.
-          Evidentemente, no sé cómo lo estás pasando, qué pasa por tu cabeza, pero me lo puedo imaginar. Han pasado muchos casos de acoso por mí y nadie, ni yo siquiera, llega a acostumbrarse de todo. Ninguno se parece, Javier, salvo en una cosa: son igual de crueles y repulsivos para quienes los sufren, como para la gente que los quiere.
Un leve estremecimiento recorrió todo el cuerpo de Javier.
-          Con frecuencia le he dado vueltas a mi cabeza, a cómo reaccionaría si fuera mi… - Marcial tragaba saliva mientras pronunciaba estas palabras – a quien le pasara algo parecido. En fin, Javier, hay que mirar al frente porque la vida sigue.

Javier tenía numerosas preguntas sin respuestas, pero toda la vida por delante. Había recibido el alta definitiva en el hospital. Cuando llegó a casa, descolgó el teléfono sin vacilar.
-          ¿Tienes algo que hacer esta tarde, Mariel?
-          ¿Por qué me lo preguntas?
-          ¿Quieres que vayamos al cine?
-          Sí, pero después me gustaría pasear tranquilamente contigo.
-          Eso no es ningún problema. Paso a por ti a las seis.
La sensación de paz que le embargó al colgar el teléfono le inundó casi o más que todo lo acontecido durante los tres últimos y dramáticos años.
¡Por fin la vida se le presentaba con toda la ilusión del mundo! Y podía decir que era feliz.


© Invisibles. Rostros en un espejo roto
© El juego silencioso de los nombres / francisco javier silva
© francisco javier silva  cuentos que guardo bajo mi almohada
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Solo el mar invade tu rostro (Poema)




 En los vértices del mar encuentro mi propio paisaje y mi memoria íntima. El mar me trae luces y algunas sombras, imágenes que han sido y son mías: amor, ausencias, regresos, alegrías, tristeza, dolor...

El poemario "Los vértices del mar" ha obtenido el Premio de Poesía en Lengua Castellana del XXVI Concurso de Poesía Ruta de la Plata, Premio García-Plata de Osma, fallado en la ciudad de Cáceres el día 13 de junio de 2003.

Apenas el sol hace un guiño de despedida,
el crepúsculo desgarra alas de mariposas
y escala la irregular arquitectura de la noche
hasta romperse en infinitas partículas de luz
con bordes de tristeza.
Solo el mar invade tu rostro con las olas
mientras refugio las palabras sobre vigilias de borrascas.

- ¿De verdad supimos reconocernos con una escueta mirada?
- Sí, tal vez fue nuestra oculta soledad
la que nos llevó a distinguirnos con tanta nitidez. 

Sobre vigilias de borrasca allano arrecifes y corales,
navegando entre escarpas y acantilados
destrozo velas y trinquetes,
resistiendo el empuje del viento.

- Pasó el viento y no te vi.
- ¿Cuántos pasaron sobre las velas azules
donde el mar pierde su rastro y los recuerdos?
- Solo ráfagas desvaidas que ocultan la huida de tus huellas.

El viento me dijo:
"Aunque mi viento no esté dentro de ti,
están mis ausencias".

Mis ausencias sobre el viento en lejanía.

- ¿Alguna vez te has detenido a pensar
en cómo se ven los sueños?
- A veces, cuando eres esa luz
que da contenido a todos mis silencios,
los percibo como una suave boca de algodón
donde deshago los nudos de tus redes.
- ¿Y los que perdemos?
- Los que perdemos viajan en la bruma
desarmados de compás y brújula,
para agonizar en la arena donde enebra el olvido
su ancla sin huesos.

No sé si llegan o vuelven las gaviotas,
deseosas de reposar el vuelo en las heridas de la travesía,
en los acordes del tiempo,
en el destierro de la memoria,
y abordar las aguas litorales en las que encontrar
un último puerto.

No sé si llegan, vuelven o se marchan...
solo el mar invade tu rostro con las olas.
       

    

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