Cuento nº 6 Una historia de navidad



Texto selecionado para el libro
"El vuelo de la palabra. El cuento en Extremadura 2018"















Había quedado una tarde espléndida después de la lluvia. Los rayos del sol calentaban tímidamente el suelo mojado y atisbaban desorientados sobre un horizonte brumoso a causa del humo que desprendían las chimeneas que se alzaban en la distancia.
Sobre la loma, en el abandonado Cortijo del Aire, Tiburcio, el vagabundo, tenía su refugio. Allí atesoraba sus pocas pertenencias: un mugriento colchón, un banquillo de madera y numerosas latas de diferentes tamaños que utilizaba como improvisada vajilla.
Todo lo compartía con su perro, al que un día salvó de morir ahogado en el cercano arroyo Harnina, y al que bautizó con el nombre de Moisés.
La amistad que unía a aquellos dos desdichados era conmovedora. Actuaban como dos extraños que se contemplaban uno al otro, con absortas miradas, como si apenas se viesen. Sin embargo, ambos disfrutaban de la compañía mutua, soportando resignadamente el silencio y el hambre.
Ese día, al despertar, lo primero que se le vino a la mente fue que era Nochebuena, y tuvo la desagradable sensación de que sería una Nochebuena como todas las demás: triste y muda.
Recordaba cada Navidad con un cúmulo de sentimientos encontrados, apenados  y dolorosos a la vez. La vida no había sido fácil para él y, seguramente, tampoco para Moisés.
Se le empañaron los ojos. Durante unos instantes, pudo oír su propio corazón y por unos momentos le embargó una extraña sensación de paz.
Buscó a Moisés, desaforado.


-    ¡Moisés, hoy es Nochebuena! Todo el mundo se debe estar preparando para celebrarla. Hoy nosotros también vamos a hacerlo - disertaba revolviendo impetuosamente las latas -. Algo debemos de tener para comer.


Moisés lo siguió con la mirada, atónito con aquella desmedida confusión, mientras se lamía las patas con aire ausente.
Hacía más de una semana que Tiburcio cogió de una huerta próxima algunos tomates y con el pan duro que guardaba preparó sopa de tomate. Ese había sido el escaso alimento de los últimos días para Moisés y para él. Pero nada quedaba ya.
Sintió un hondo vacío que no era de hambre sino de pena. Sin embargo, no estaba dispuesto a resignarse. Metió la mano en el fondillo de sus pantalones de pana remendados, signo inequívoco de que esa ropa no era de segunda mano sino de tercera o cuarta, y sacó un viejo reloj de bolsillo.


-    Estamos de suerte, Moisés. Seguro que en la casa de empeño de la seña Pepa me darán buenas perras por él y podré comprar comida abundante para los dos. Tendremos una Nochebuena diferente, querido amigo.



Tiburcio, el vagabundo, enfiló la polvorienta tierra del bien marcado camino Husero que le llevaría al pueblo cercano de Almendralejo. Pensaba en lo afortunado que era, tanto que cuando quiso darse cuenta se encontraba frente a la casa de empeño. Decidió entrar lo antes posible.
Mientras caminaba por un pasillo apenas iluminado, una mujer salió a su encuentro y se dirigió hacia Tiburcio con suma frialdad.


-    ¿Qué buscas aquí, pordiosero?
-    Quiero vender mi reloj de bolsillo.
-    ¡A ver… menudo trasto! ¡Lárgate!
-    Es que esta noche es Nochebuena.


Aquella mujer dirigió al vagabundo una mirada solazada pero que contenía tanto desprecio como el que contiene un corazón que carece de ilusiones y compasión. Hizo un vago gesto de turbación.


-    Está bien, te daré unas perras para que puedas comprarte una botella de ese vino barato que tanto te gusta, y no me digas nada más o me arrepentiré de la estupidez que voy a hacer.
-    ¡Gracias, gracias!


Tiburcio dejó el reloj sobre la mano extendida de la seña Pepa. La mujer ni siquiera lo miró. Vaciló un instante y sacó de su bolsillo el dinero prometido mientras miraba, de arriba abajo, a Tiburcio, como esperando que dijera algo.


-    ¡Anda, vete ya y no vuelvas por aquí!


Salió de la casa, satisfecho. Echó a andar hacia la Lonja de Lorencito que se encontraba a unos cien metros de distancia. Entró y frente a él se topó con el amplio mostrador que separaba la mercancía de cualquier persona que accediera con intención de comprar.


-    ¿Qué buscas aquí, Tiburcio? Sabes bien que si no hay perras no hay vino. 


Lorencito era un hombre corpulento y rubicundo. En estos días rezumaba satisfacción por todos sus poros. En esta época de Navidad adquiría una insospechada plenitud humana. Era al mismo tiempo generoso, sociable e incluso tenía buen carácter. Sin embargo no era más que la cínica indulgencia que las provechosas ventas navideñas le producían.


-    Tengo dinero, Lorencito. 


Tiburcio comenzó a caminar de vuelta a su refugio. Las calles estaban todavía húmedas, y en el suelo se proyectaban las luces de algún farol que resplandecía pálidamente. Ensimismado en sus pensamientos pensó que los hombres eran, tal vez, mucho más complicados de lo que él siempre había supuesto.
Se detuvo un momento para recuperar el aliento en mitad de la calle. Introdujo la mano en el bolsillo grande de su chaqueta. Se sintió entumecido y aturdido por las emociones que se desataron en su interior mientras abrazaba, con sus dedos temblorosos, la botella que tan celosamente allí guardaba.
El grito fue tan inesperado y agudo como el golpe de la camioneta sobre su cuerpo.
El conductor se volvió al oír el grito y reparó en el cuerpo tendido sobre la calzada. Paró el vehículo, se acercó y observó que no se movía y no respiraba. Tomó aire y articuló un estridente chillido.


-    ¡Ha sido un accidente! ¡Está muerto! ¡Estaba parado en mitad de la calzada!


Las demás personas que aún permanecían en las calles, interrumpieron sus pasos y se apiñaron alrededor del cuerpo de Tiburcio.
Nadie prestó atención a la botella de leche que, con una fuerza inescrutable, abrazaba el vagabundo como intentando no dejarla escapar de sus ya dedos inertes.
La seña Pepa sacudió la cabeza.


-    Será mejor que informemos a los civiles. Ninguno de nosotros puede ocuparse de este asunto.


Esbozó una mirada lúgubre y se marchó contrariada, con una mezcla de desconcierto y rabia. Era Nochebuena, podía haber elegido otro día para morirse.

El señor Lorencito se le acercó, algo confuso por el tumulto que le había hecho salir de la Lonja.

-    ¿Qué ha ocurrido, seña Pepa?
-    Un accidente, Lorencito. Han atropellado a Tiburcio, el vagabundo. No hay nada que hacer por el pobre desgraciado. Ha muerto.
-    Es terrible que estas cosas pasen y más en Navidad - dijo con el rostro ensombrecido -. Sin ir más lejos, acabo de disparar a un perro inmundo que ha entrado en la tienda a robar comida.


Apretó los labios, pero era imposible discernir si era ira o compasión lo que expresaba con aquel gesto.


-    Pero, ¿cómo entró en la Lonja? - preguntó la seña Pepa -. Es difícil que nadie, ni siquiera un animal, pueda acceder por la puerta principal sin que no sea visto.
-    Debió entrar por el huerto. El hambre afina el ingenio y su intención era comer o llevarse algo. 


Pero lo extraño es que lo que atenazaba con su boca no era comida, seña Pepa, sino una botella de vino. No se imagina usted lo que me ha costado desprenderla de sus dientes. Reconozco que soy incapaz de comprenderlo. En fin, cosas que pasan…
No tenían más que añadir. Así que, conversaron sobre cuestiones banales que no guardaban ninguna relación ni con Tiburcio ni con el perro.
Luego se despidieron cordialmente y regresaron a sus respectivas casas, aliviados al pensar que dentro de poco estarían cenando copiosamente, celebrando la Nochebuena, sin que ningún recuerdo de aquellos infortunados perturbase ni por un instante la festividad de aquella noche y mucho menos de las que, a buen seguro, vendrían en un futuro.
Sin embargo, desde aquel día, cuando llega el día de Nochebuena y alguien sube la cuesta de la calle Petirrojo, en los alto de la loma, por encima del Rancho Roque, el aire brilla y centellea, de tal forma, que parece posible cogerlo con las manos, y entre las ruinas del viejo Cortijo del Aire, la luz se perfila con una suave luminiscencia. Y hay quien dice, que al anochecer, se puede advertir vagamente entre las ruinas, las figuras de un vagabundo y un perro, unidos en un combate singular de risas y ladridos, como si trataran de coser con sus juegos alegres la oscuridad de la noche.


© Cuentos que guardo bajo mi almohada / francisco javier silva
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Cuento nº 5 Dios es amor

 Texto selecionado para el libro
"El vuelo de la palabra. El cuento en Extremadura 2018"




El aire nocturno era fresco y un poco húmedo.
Temblaba bajo la fina camisa de algodón.
-    ¿Tienes frío? – le preguntó amablemente mientras rodeaba sus hombros con los brazos.
Xavier sonrió levemente.
-    ¿Quieres que tomemos un café?
-    Sabes que aquí, en mi ciudad, es algo equívoco hacerlo. Sigamos caminando.
Aún después de tantos años, Adrián sentía un gran desasosiego, algo así como una tristeza incierta que le golpeaba. Por eso, le rodeó, más fuertemente si cabe.
Xavier le acarició un brazo con los dedos mientras respiraba hondamente. En ese preciso instante, le acosaron fragmentos de su existencia, consciente de que ésta no había sido nada fácil.
Adrián y él estaban más unidos que nunca; se amaban intentando dejar atrás el resentimiento, la ingratitud, la rabia, el miedo, el prejuicio, las impalpables muestras de odio y desconfianza, de aquellos que jamás entenderían sus sentimientos y necesidades.
Se acordó de la primera vez que coincidió con Adrián. Hasta ese momento, su vida transcurría con normalidad. Todos los años, cuando sus obligaciones le dejaban, se escapaba a aquel pueblo pequeño, casi perdido, en la montaña. Allí, ajeno a todos, paseaba durante horas, perdiéndose entre las estrechas calles con pavimento de piedras. La lluvia de aquel día fue suficiente para que un inesperado resbalón diese con su cuerpo en el suelo.
Hizo un gesto de levantarse pero no pudo. Por ello, cuando notó aquella mano sobre la suya tirando de él, suave pero enérgicamente, se sintió reconfortado. Cuando se encontró de píe, le surgió inesperadamente un nuevo problema: cómo evitar que se cruzaran sus ojos con los de aquel desconocido.
Ante él se hallaba un joven amable y sonriente. Poco a poco dejó de sentirse avergonzado y surgieron las primeras emociones.
-    ¿Te apetece un café? Pienso que te vendrá muy bien.
Xavier se limitó a responder con una sonrisa.
Fue el umbral de muchos cafés que vendrían al mismo tiempo que el amor, un amor  que siempre supieron proteger de las opiniones ajenas y, sobre todo, de las suyas propias, del peso de sus sentimientos de culpa y de vergüenza.
Al principio, se alojaron en pensiones alejadas, luego alquilaron una casita en aquel pequeño pueblo donde se conocieron. Y allí el amor se hizo fuerte.
Miró el reloj y sus pensamientos le llevaron al presente. Cerró los ojos con fuerza para no dejar escapar las lágrimas pero no fue capaz. Adrián sintió como se humedecían también sus ojos y cogió su mano.
-    No pasa nada, Xavier. Esperaré tu llamada.
-    Menuda pareja formamos.
Le miró fijamente y se alejó rápidamente para que no reparara en lo mucho que quería estar con él. Se subió al coche sin mirar atrás. El sol estaba saliendo llenando el este de un rojo anaranjado. Condujo con los cristales de las ventanillas bajados. Cuando quiso darse cuenta estaba en esa misma habitación donde tantas veces se sentía solo y más necesitaba el apoyo de Adrián.
Abrió el libro lentamente. Una fotografía escapó de entre las hojas. La cogió al vuelo antes de que llegara a tocar el suelo.
Era una fotografía donde se hallaba con Adrián, aquel último verano que pasaron juntos, cuando él se tomó tres semanas libres.
Fueron, de nuevo, al pueblecito de la montaña. Allí, después de tanto tiempo juntos, pensó que lo que hacía estaba mal. Sin embargo, también desde aquel verano, se preguntaba y se decía  por qué no podía amar a un hombre.
Notó que el vacío que sentía en el pecho se ensanchaba mientras miraba fijamente su imagen.
-    Te amo - pronunció casi en un murmullo.
Hojeó el libro. Entre sus páginas fueron apareciendo pétalos de flores secas, cada uno de ellos tan lleno de recuerdos.
Cerró los párpados para contener las lágrimas y no reparó en la figura que silenciosamente se acercaba.
-    ¿Se encuentra bien, Eminencia?
El cardenal depositó el libro sobre el reclinatorio y recogió el rostro entre las manos.
-    Sí, solo leía el Breviario y rezaba, pensando, hoy más que nunca, en que Dios es amor.







© Cuentos que guardo bajo mi almohada / francisco javier silva


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Cuaderno de bitácora




Cada playa recibe olas distintas
que acarician sus contornos.
El viejo faro atraviesa con sus ojos la noche
como testigo mudo que contempla la llegada del agua.
En la bruma descansa el deseo
de ser gaviota,
y de volar.

Las gaviotas vuelan trenzando vida
entre blancas espumas y el rojizo poniente.
Las gaviotas llegan desde lejos,
buscando, con sus ojos de vida,
abrazos y besos.
Las gaviotas despiertan vida sobre el agua,
el agua puede caber en un beso.
En mi vida vuelan las gaviotas de tus abrazos,
las gaviotas de tus besos.

Sobre olas de espumas y colores
nadie ensombrece su paz,
solo el viento se atreve con sus manos escapadas a tocarlo.
Vuela sobre el amaneer del mar de las lágrimas,
de las risas,
de la espera,
tendido en su aparente muerte,
dormido:
mi mascarón de proa.

Todas las playas a las que llegaré algún día,
todas las olas que habito,
todo el viento que desafía mis días de sonrisas y mis tristes horas,
guardan tu rostro, tienen tu nombre.
Rota la soledad.
El mar infinito donde sopla la brisa serena
y estalla el amor en giros pausados
que deshacen la niebla y el destino incierto,
guardan tu nombre, tiene tu rostro.
Rota la soledad.

Sigo meciéndome en las olas,
observando el vuelo de la gaviotas
que se deslizan sin pausa bajo el cielo,
sostenidas en las manos de los ángeles que vagan sin rumbo,
poetas desvelados del cielo,
voces perdidas que el viento sacude
donde van a perderse las mareas.

El mar inunda los contornos que tejen en la tierra mi soledad.

Seguirán las líneas de mis manos
llenando de mar sus rayes,
rompiendo ocasos en ls sicigias
que ponen sal a las sirgas de mi rastro.

Proyecto el tiempo en cada pulso,
trazando velas
en las luces de mi norte errático,
reclamando mares que fecundar con agua.

Tendré en mi mar un corazón
sobre el que el viento soplará sin lapso,
lleno de vida.
Sus latidos acunarán mis madrugadas
compartiendo destinos,
descubriendo horizontes,
lleno de vida.
Desgranará su ternura
recogiendo alegría o tristeza,
según le dicten las líneas de la existencia,
lleno de vida.
Y cuando solo sea una sombra gastada y nívea,
seguirá incendiando el aire con islas y barcos,
lleno de vida.

Encuentro en las palabras la voz del mar.

Una a una han de llegar las palabras,
imágenes de sal que rescato
de islotes de medusas,
como si fueran dedos que quisieran rozar
la voz que amanece hambrienta de mar.

Me disuelvo en tu presencia,
entre el hálito de mar y viento donde navego
sobre tu sangre a embestidas de agua.
Estremecido me derramo en tus corrientes,
y encuentro en las olas tu adiós y tu llamada,
como un grito que escapa
y arrasa el corazón con sus latidos.

En las húmedas piras del crepúsculo
quema la tarde luciérnagas de sal.
La noche se vuelve ceniza.

Hay huracanes ocultos
en el alma de los barcos.
Nacen y agonizan
en las insondables rutas de la brújula.

Es tuyo, mar,
lo que nunca ha sido mío.

Poema incluido en el poemario “Los vértices del mar”, ganador  del XXVI Premio de Poesía Ruta de la Plata, Premio García Plata de Osma.
© los vértices del mar / francisco javier silva
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Desamor




En el último cajón del escritorio reposan amontonados trozos de vida y muerte, regresos, partidas... Un lápiz sin punta sobre una hoja amarilla parece querer mirar, insistentemente, una lluvia que aún parece tener deseos de esperar no sé qué.
Y sobre todo polvo, nada, sólo polvo, recuerdos que se desploman en llanto, llanto que provoca olvido, nada...









Comenzará mi muerte
cuando la noche envíe a sus mensajeros
a poner cerrojos en los labios
incendiando el amor en hogueras insensibles,
cuando las azules encinas de mi alegría
no reposen sobre tus brazos,
y un estrépito de cuerpos sin eco
disuelvan sus sombras
en los nudillos de la ventana de mi habitación,
cuando encuentre en mi corazón
letras de soledad y de tristeza,
y en la húmeda penumbra de la almohada
no encuentre el pausado compás de tu pecho
calmando mi sed,
cuando me enfrente al silencio del espejo
manchado de las cotidianas miserias,
y ni siquiera la luna refleje mi saliva
al desprenderme de las huellas de tu peso,
cuando deshagan los pájaros la madeja invisible del olvido,
cuando te deje marchar sin llamarte.


© Los escombros del amor / francisco javier silva
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Nada


"Todas las guerras, desde
el principio
de la civilización, se hacen
con sangre,
son iguales, solo son diferentes las
explicaciones."

Samuel


“Aquí sabemos a qué sabe la muerte,
aquí sabemos lo que sabe la muerte”

José Emilio Pacheco


Sobre los raíles grasientos de la noche
se dispersa el camino,
se abren ventanas que dejan escapar
polillas borrachas,
puentes de acero,
los gritos de tantos niños invisibles,
las voces desatadas de las madres,
esquirlas de hierro clavándose en la ausencia.
Pero nada encuentro.
¿Por qué la vida no cabe en las palabras
cuando tiene el tamaño de la muerte,
cuando arroja su armazón de hierro ruginoso
sobre  polvo y despojos de fantasmas
que corren y se ocultan?
Pero nada queda,
nada,
ni humedad en las paredes,
ni un cofre que cobije los rostros
y la memoria,
ni el paisaje donde van a refugiarse
las cartas sin destino,
ni un agujero donde hablar con Dios
o con el diablo,
nada,
ni puentes,
ni gritos,
ni voces,
nada.
¿Por qué dejar que la rabia llene,
el hueco o el vacío, las fotografías,
la lágrima que no cae y que no cesa,
la huella de los pasos,
el ojo entre las manos?
¿Por qué cruzar el muro inexcusable de la muerte
sellando con tumbas la existencia?
¿Por qué dejar que la arena
se atasque en los pulmones
y construya la ruina de los días?
En hilos de plata se deshacen la cruces y la luna.
Despierta el sol a latigazos y...
nada encuentro,
solo el árbol que guardó mi último combate




Poema: Nada
Autor: Francisco Javier Silva
Voz: Del autor

Poema perteneciente al poemario "Dónde estarán los pájaros", primer premio del IX Concurso de Poesía García de la Huerta (2006)






 © Dónde estarán los pájaros
IX Premio de Poesía García de la Huerta
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Cuento n° 2 La encina y la cigüeña



(I)
Mientras caen las primeras lluvias otoñales sobre la Vera, los pastizales de las dehesas, manchados de oro por la vehemente sequía del verano, se renuevan sombreados de verde. La tierra, ávida de agua, hace emerger sobre el suelo los trazos perezosos de flores lilas y hierbas enjutas, estiradas y densas, sin principio ni fin, buscando en el horizonte la silueta de los cerros que palidecen, heridos por la bruma que las vaporosas nubes hacen brotar escalonadamente sobre el cielo.
En la ribera del arroyo se elevan juncias y gladios acosados por el viento. Las aguas han dejado un vasto arenal donde se escucha el siseo de la vida. Lo delatan las huellas de los meloncillos, de algún zorro, que se suceden con las profundas hozaduras de los jabalís y el zanqueo cachazudo de las cigüeñas y las garcetas.
La vieja encina se erigía centinela de aquella vida. Llevaba muchos días, demasiadas lluvias, reseca y resquebrajada por el paso del tiempo, observando cada instante de existencia que germina en el pequeño entorno que podía divisar, con sus brazos eternamente abiertos.
A veces, sus ojos se perdían sobre el horizonte, buscando los cerros que en los días de lluvia se confundían con el plúmbeo cielo. Soñaba entonces con volar, con arrancar su cuerpo incrustado en la tierra para hacerse liviana como una pluma y dejarse llevar por el viento sobre los pastizales que a su mirada se abrían. Pero el sueño acababa en un instante. El deseo de libertad era fugaz y volvía a sentirse árbol, en soledad y en silencio, dejando pasar los días, las lluvias...

Se alarga el velo del crepúsculo
sobre el tronco de la encina,
y nacen las sombras saciando la sed del barro:
barro sus ojos doloridos,
barro su pensamiento,
barro la húmeda tierra de su corazón,
barro el alma triste que guarda
la angustia sin destino
del insondable deseo de sus sueños.
(II)
Amanece el otoño despertando un murmullo de jaras en las dehesas dormidas de la Vera, dejando atrás un tiempo de avispas y chicharras. Amanece el otoño. El sol se esconde entre gruesos nubarrones grises mientras el arroyo duerme entre juncos y espigados herbajes, lánguidos y tristes. Se escucha una balada de aguas, perpetua y monótona, despertando ecos: ecos amarillos, pardos y ocres, ecos azules y verdes, que se van aventando hacia un horizonte de cerros donde la luz tintinea sobre los pastizales.
La lluvia pone reflejos cobrizos sobre el destierro remoto y estremecido de las encinas.
La cigüeña se deslizaba suave entre retamas y baladres, centinela de cielos, trenzando su vuelo en el corazón azafranado de la lluvia y la mañana, ovillando la textura del aire con sus alas.
Le gustaba romper con su vuelo el visillo de las pálidas luces que la lluvia entrelazaba en hilos de agua, oler la humedad de la tierra mojada, sentir los latidos del agua golpeando su cuerpo.

Debajo del corazón
recojo el agua.
Encima del corazón
acumulo nubes.
En medio del corazón,
nada.
(III)
A la encina le distraía mirar el vuelo pausado y sereno de la cigüeña. La seguía con la mirada observando todos sus movimientos, cada día, cada lluvia.
Aquella tarde, cuando las sombras se alargaban sobre la dehesa, el arroyo y los cerros, la cigüeña rozó en su vuelo las ramas más altas de la encina, y sus ojillo negros acogieron su mirada. Se estremeció de tal modo que deseó ser cigüeña.                  
La encina se sintió feliz. Por un instante derrotó a la soledad, e intentó seguirla entre la penumbra de la acuciante noche. Movió sus ramas, y comprobó que no eran ramas sino alas negras, que podía girar su tronco, que no estaba arraigada a la tierra, que podía moverse y podía volar.
Alzó el vuelo y se dejó caer en los toboganes del aire. La dehesa, los arenales del arroyo, los cerros que cerraban el horizonte... todo quedaba cubierto por su vuelo velero.
Los nutridos bandos de grullas trompeteaban en forma de V a su lado, de regreso a las dehesas, buscando el descanso y el sueño. Las garcetas arponeaban algún pececillo en los remansos del arroyo. Apreciaba y abrigaba la vida.
El trazo de una sombra sobre su cabeza le alertó de la presencia. Su cigüeña, agitaba las alas a su lado.
Cruzaron vuelos pausadamente, miradas, corazones... hasta que las primeras luces del alba se clavaron como un puñal en la oscuridad de la noche.
El parpar de las garcetas y las grullas se hacía latente en todas partes, y el crotoreo de las cigüeñas de un nido cercano la despertó. Pretendió extender sus alas y no pudo, quiso moverse y advirtió que de nuevo era un árbol, de fría y rugosa piel, y que estaba enraizado a su tierra de siempre, que todo fue un sueño que se volatilizó en el celaje de la mañana.
Lloró con un llanto agrio, y gritó desalentadamente desde la soledad de un corazón que se desgarraba en crueles astillas de madera. 

Lluvia de barro,
timonel de barro,
velas de barro,
mar de barro,
corazón de barro.

Cuentos que guardo bajo mi almohada
© francisco javier silva


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Peatón invertebrado

Hace unos días, estando de regreso hacia la nave, me llamó la atención un antiguo compañero de trabajo, que pasaba cerca de mí y en el cual no había reparado: "¡Paco! ¿Qué haces trabajando con los retrasados?"
Mi primera reacción fue pensar en cómo aún existen personas que pueden llamar retrasados a otras personas, usando esta palabra con tanta facilidad y con el poder de hacerme sentir mal. La segunda, fue expresarle por activa y por pasiva y con cierto enfado, como me sentía ante sus palabras, aparte de darle las pautas necesarias para “ayudarle” a utilizar los términos adecuados al referirse a personas con discapacidad. No sé si, de alguna forma, le sirvió lo que le dije, porque la sensación que me quedó es que, por su forma de despedirse, el ofendido y humillado había sido él.
Lo cierto es, que esa situación vivida, ha reafirmado mi orgullo de formar parte del grupo de personas con las que comparto mi trabajo. Y no somos “retrasados”, ni “subnormales”, palabras con las que, desgraciadamente, algunos nos califican como si no fuéramos capaces de hacer nada en la vida.
Nada más lejos de la realidad, mis compañeros y yo mismo, somos personas con capacidades aunque las necesidades para desarrollar nuestro trabajo no son idénticas porque no estamos capacitados para realizar ciertas actividades. Pero eso no disminuye nuestra valía para el trabajo y mucho menos nuestra estimación como personas.
Orgulloso, así me siento. Y agradecido porque este trabajo y estos compañeros han dado un nuevo sentido a mi vida.


 












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