Peatón invertebrado

Hace unos días, estando de regreso hacia la nave, me llamó la atención un antiguo compañero de trabajo, que pasaba cerca de mí y en el cual no había reparado: "¡Paco! ¿Qué haces trabajando con los retrasados?"
Mi primera reacción fue pensar en cómo aún existen personas que pueden llamar retrasados a otras personas, usando esta palabra con tanta facilidad y con el poder de hacerme sentir mal. La segunda, fue expresarle por activa y por pasiva y con cierto enfado, como me sentía ante sus palabras, aparte de darle las pautas necesarias para “ayudarle” a utilizar los términos adecuados al referirse a personas con discapacidad. No sé si, de alguna forma, le sirvió lo que le dije, porque la sensación que me quedó es que, por su forma de despedirse, el ofendido y humillado había sido él.
Lo cierto es, que esa situación vivida, ha reafirmado mi orgullo de formar parte del grupo de personas con las que comparto mi trabajo. Y no somos “retrasados”, ni “subnormales”, palabras con las que, desgraciadamente, algunos nos califican como si no fuéramos capaces de hacer nada en la vida.
Nada más lejos de la realidad, mis compañeros y yo mismo, somos personas con capacidades aunque las necesidades para desarrollar nuestro trabajo no son idénticas porque no estamos capacitados para realizar ciertas actividades. Pero eso no disminuye nuestra valía para el trabajo y mucho menos nuestra estimación como personas.
Orgulloso, así me siento. Y agradecido porque este trabajo y estos compañeros han dado un nuevo sentido a mi vida.


 












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Yo, tú, él...


https://www.amazon.es/Invisibles-Rostros-en-espejo-roto/dp/1545189080/ref=sr_1_1/260-6949001-3721941?ie=UTF8&qid=1517860575&sr=8-1&keywords=invisibles+rostros+en+un+espejo+roto

















El poema "Yo, tú, él... está incluido en la antología benéfica
"Invisibles, rostros en un espejo roto". Así se sienten miles de niños y jóvenes. Esta recopilación de relatos busca sensibilizar y concienciar sobre la situación de muchos escolares que, a menudo, pasa desapercibida: el acoso escolar. Tanto quien comete el abuso como quien lo ve y no lo denuncia son parte de un juego cruel, tóxico y peligroso que marca de por vida a quienes lo sufren. Algunos no tienen la suerte de conseguir salir vivos de esa espiral de violencia, pero otros sí. Sin embargo, las cicatrices son para siempre. Miedo, soledad y sufrimiento, esa es la realidad de miles de escolares a lo largo de todo el mundo, y necesitan la ayuda de todos para dejar de ser invisibles. Esta es una antología benéfica, por lo que el importe integro (100%) de este libro será donado a ACANAE (Asociación Canaria No Al Acoso Escolar) para permitirles continuar trabajando contra el acoso escolar en las Islas Canarias. Si deseas colaborar con este proyecto pulsa sobre la imagen de la cubierta del libro.

“Nunca seas maltratado en el silencio. Nunca te permitas a ti mismo ser una víctima. No aceptes que nadie defina tu vida, defínete a ti mismo.”
Tim Fields


Yo…
me miro en el espejo y no me veo,
me ciega la impotencia, el dolor, la rabia,
esclavizo mi rostro tras una luz que se pierde
caminando descalza tras el miedo,
no encuentro ni un solo cielo azul dentro de mí
tan solo borrascas y el bramido del viento
apuñalando sin indulgencia mi vida,
me subyuga la inquina que golpea, sin piedad,
con un cincel de piedra mi alma,
me hiere la voz que traza alambradas
en el silencio mudo de mi voz,
me visto con un traje de termitas que perfora mi cuerpo
y lo envuelve con cicatrices de sal y herrumbre,
grito que sigo aquí, aunque tampoco nadie me distingue,
a medio desistir de todo y de todos,
preguntándome a escondidas si vale la pena conservar
este llanto que hace tanto daño a mis ojos.


Tú…
no intentas comprender por qué han perdido la sonrisa
mis ojos y mi boca,
por qué me han robado las palabras, incluso la voz,
los mapas donde descifro la luz que deja en mi piel una caricia,
las tardes de lluvia en las que juego a chapotear en los charcos.
No reconoces la desazón de mis pasos,
los rostros que me visten de invisible
y me dejan solamente la ira,
el dolor estirándose en hileras por mi existencia,
la impotencia donde me aguanto las ganas de vivir,
el olor a rancio que provoca en mí la tristeza.


Él…
me agarra por dentro,
me clava un puñal de lágrimas,
me duele…
hiere mi voz y mi palabra,
entabla amistad con mis fantasmas,
me atenaza el rostro con los mil rostros del miedo,
me produce quemaduras,
me duele…
pone precio a mi vida,
me escupe,
me deja tirado en la cuneta
y espera a que me pudra,
me arrastra hacia el olvido
y me duele, me duele,
me duele…



© francisco javier silva
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