Cuento n° 2 La encina y la cigüeña



(I)
Mientras caen las primeras lluvias otoñales sobre la Vera, los pastizales de las dehesas, manchados de oro por la vehemente sequía del verano, se renuevan sombreados de verde. La tierra, ávida de agua, hace emerger sobre el suelo los trazos perezosos de flores lilas y hierbas enjutas, estiradas y densas, sin principio ni fin, buscando en el horizonte la silueta de los cerros que palidecen, heridos por la bruma que las vaporosas nubes hacen brotar escalonadamente sobre el cielo.
En la ribera del arroyo se elevan juncias y gladios acosados por el viento. Las aguas han dejado un vasto arenal donde se escucha el siseo de la vida. Lo delatan las huellas de los meloncillos, de algún zorro, que se suceden con las profundas hozaduras de los jabalís y el zanqueo cachazudo de las cigüeñas y las garcetas.
La vieja encina se erigía centinela de aquella vida. Llevaba muchos días, demasiadas lluvias, reseca y resquebrajada por el paso del tiempo, observando cada instante de existencia que germina en el pequeño entorno que podía divisar, con sus brazos eternamente abiertos.
A veces, sus ojos se perdían sobre el horizonte, buscando los cerros que en los días de lluvia se confundían con el plúmbeo cielo. Soñaba entonces con volar, con arrancar su cuerpo incrustado en la tierra para hacerse liviana como una pluma y dejarse llevar por el viento sobre los pastizales que a su mirada se abrían. Pero el sueño acababa en un instante. El deseo de libertad era fugaz y volvía a sentirse árbol, en soledad y en silencio, dejando pasar los días, las lluvias...

Se alarga el velo del crepúsculo
sobre el tronco de la encina,
y nacen las sombras saciando la sed del barro:
barro sus ojos doloridos,
barro su pensamiento,
barro la húmeda tierra de su corazón,
barro el alma triste que guarda
la angustia sin destino
del insondable deseo de sus sueños.
(II)
Amanece el otoño despertando un murmullo de jaras en las dehesas dormidas de la Vera, dejando atrás un tiempo de avispas y chicharras. Amanece el otoño. El sol se esconde entre gruesos nubarrones grises mientras el arroyo duerme entre juncos y espigados herbajes, lánguidos y tristes. Se escucha una balada de aguas, perpetua y monótona, despertando ecos: ecos amarillos, pardos y ocres, ecos azules y verdes, que se van aventando hacia un horizonte de cerros donde la luz tintinea sobre los pastizales.
La lluvia pone reflejos cobrizos sobre el destierro remoto y estremecido de las encinas.
La cigüeña se deslizaba suave entre retamas y baladres, centinela de cielos, trenzando su vuelo en el corazón azafranado de la lluvia y la mañana, ovillando la textura del aire con sus alas.
Le gustaba romper con su vuelo el visillo de las pálidas luces que la lluvia entrelazaba en hilos de agua, oler la humedad de la tierra mojada, sentir los latidos del agua golpeando su cuerpo.

Debajo del corazón
recojo el agua.
Encima del corazón
acumulo nubes.
En medio del corazón,
nada.
(III)
A la encina le distraía mirar el vuelo pausado y sereno de la cigüeña. La seguía con la mirada observando todos sus movimientos, cada día, cada lluvia.
Aquella tarde, cuando las sombras se alargaban sobre la dehesa, el arroyo y los cerros, la cigüeña rozó en su vuelo las ramas más altas de la encina, y sus ojillo negros acogieron su mirada. Se estremeció de tal modo que deseó ser cigüeña.                  
La encina se sintió feliz. Por un instante derrotó a la soledad, e intentó seguirla entre la penumbra de la acuciante noche. Movió sus ramas, y comprobó que no eran ramas sino alas negras, que podía girar su tronco, que no estaba arraigada a la tierra, que podía moverse y podía volar.
Alzó el vuelo y se dejó caer en los toboganes del aire. La dehesa, los arenales del arroyo, los cerros que cerraban el horizonte... todo quedaba cubierto por su vuelo velero.
Los nutridos bandos de grullas trompeteaban en forma de V a su lado, de regreso a las dehesas, buscando el descanso y el sueño. Las garcetas arponeaban algún pececillo en los remansos del arroyo. Apreciaba y abrigaba la vida.
El trazo de una sombra sobre su cabeza le alertó de la presencia. Su cigüeña, agitaba las alas a su lado.
Cruzaron vuelos pausadamente, miradas, corazones... hasta que las primeras luces del alba se clavaron como un puñal en la oscuridad de la noche.
El parpar de las garcetas y las grullas se hacía latente en todas partes, y el crotoreo de las cigüeñas de un nido cercano la despertó. Pretendió extender sus alas y no pudo, quiso moverse y advirtió que de nuevo era un árbol, de fría y rugosa piel, y que estaba enraizado a su tierra de siempre, que todo fue un sueño que se volatilizó en el celaje de la mañana.
Lloró con un llanto agrio, y gritó desalentadamente desde la soledad de un corazón que se desgarraba en crueles astillas de madera. 

Lluvia de barro,
timonel de barro,
velas de barro,
mar de barro,
corazón de barro.

Cuentos que guardo bajo mi almohada
© francisco javier silva


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