Cuento nº 5 Dios es amor

 Texto selecionado para el libro
"El vuelo de la palabra. El cuento en Extremadura 2018"




El aire nocturno era fresco y un poco húmedo.
Temblaba bajo la fina camisa de algodón.
-    ¿Tienes frío? – le preguntó amablemente mientras rodeaba sus hombros con los brazos.
Xavier sonrió levemente.
-    ¿Quieres que tomemos un café?
-    Sabes que aquí, en mi ciudad, es algo equívoco hacerlo. Sigamos caminando.
Aún después de tantos años, Adrián sentía un gran desasosiego, algo así como una tristeza incierta que le golpeaba. Por eso, le rodeó, más fuertemente si cabe.
Xavier le acarició un brazo con los dedos mientras respiraba hondamente. En ese preciso instante, le acosaron fragmentos de su existencia, consciente de que ésta no había sido nada fácil.
Adrián y él estaban más unidos que nunca; se amaban intentando dejar atrás el resentimiento, la ingratitud, la rabia, el miedo, el prejuicio, las impalpables muestras de odio y desconfianza, de aquellos que jamás entenderían sus sentimientos y necesidades.
Se acordó de la primera vez que coincidió con Adrián. Hasta ese momento, su vida transcurría con normalidad. Todos los años, cuando sus obligaciones le dejaban, se escapaba a aquel pueblo pequeño, casi perdido, en la montaña. Allí, ajeno a todos, paseaba durante horas, perdiéndose entre las estrechas calles con pavimento de piedras. La lluvia de aquel día fue suficiente para que un inesperado resbalón diese con su cuerpo en el suelo.
Hizo un gesto de levantarse pero no pudo. Por ello, cuando notó aquella mano sobre la suya tirando de él, suave pero enérgicamente, se sintió reconfortado. Cuando se encontró de píe, le surgió inesperadamente un nuevo problema: cómo evitar que se cruzaran sus ojos con los de aquel desconocido.
Ante él se hallaba un joven amable y sonriente. Poco a poco dejó de sentirse avergonzado y surgieron las primeras emociones.
-    ¿Te apetece un café? Pienso que te vendrá muy bien.
Xavier se limitó a responder con una sonrisa.
Fue el umbral de muchos cafés que vendrían al mismo tiempo que el amor, un amor  que siempre supieron proteger de las opiniones ajenas y, sobre todo, de las suyas propias, del peso de sus sentimientos de culpa y de vergüenza.
Al principio, se alojaron en pensiones alejadas, luego alquilaron una casita en aquel pequeño pueblo donde se conocieron. Y allí el amor se hizo fuerte.
Miró el reloj y sus pensamientos le llevaron al presente. Cerró los ojos con fuerza para no dejar escapar las lágrimas pero no fue capaz. Adrián sintió como se humedecían también sus ojos y cogió su mano.
-    No pasa nada, Xavier. Esperaré tu llamada.
-    Menuda pareja formamos.
Le miró fijamente y se alejó rápidamente para que no reparara en lo mucho que quería estar con él. Se subió al coche sin mirar atrás. El sol estaba saliendo llenando el este de un rojo anaranjado. Condujo con los cristales de las ventanillas bajados. Cuando quiso darse cuenta estaba en esa misma habitación donde tantas veces se sentía solo y más necesitaba el apoyo de Adrián.
Abrió el libro lentamente. Una fotografía escapó de entre las hojas. La cogió al vuelo antes de que llegara a tocar el suelo.
Era una fotografía donde se hallaba con Adrián, aquel último verano que pasaron juntos, cuando él se tomó tres semanas libres.
Fueron, de nuevo, al pueblecito de la montaña. Allí, después de tanto tiempo juntos, pensó que lo que hacía estaba mal. Sin embargo, también desde aquel verano, se preguntaba y se decía  por qué no podía amar a un hombre.
Notó que el vacío que sentía en el pecho se ensanchaba mientras miraba fijamente su imagen.
-    Te amo - pronunció casi en un murmullo.
Hojeó el libro. Entre sus páginas fueron apareciendo pétalos de flores secas, cada uno de ellos tan lleno de recuerdos.
Cerró los párpados para contener las lágrimas y no reparó en la figura que silenciosamente se acercaba.
-    ¿Se encuentra bien, Eminencia?
El cardenal depositó el libro sobre el reclinatorio y recogió el rostro entre las manos.
-    Sí, solo leía el Breviario y rezaba, pensando, hoy más que nunca, en que Dios es amor.







© Cuentos que guardo bajo mi almohada / francisco javier silva


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Cuaderno de bitácora




Cada playa recibe olas distintas
que acarician sus contornos.
El viejo faro atraviesa con sus ojos la noche
como testigo mudo que contempla la llegada del agua.
En la bruma descansa el deseo
de ser gaviota,
y de volar.

Las gaviotas vuelan trenzando vida
entre blancas espumas y el rojizo poniente.
Las gaviotas llegan desde lejos,
buscando, con sus ojos de vida,
abrazos y besos.
Las gaviotas despiertan vida sobre el agua,
el agua puede caber en un beso.
En mi vida vuelan las gaviotas de tus abrazos,
las gaviotas de tus besos.

Sobre olas de espumas y colores
nadie ensombrece su paz,
solo el viento se atreve con sus manos escapadas a tocarlo.
Vuela sobre el amaneer del mar de las lágrimas,
de las risas,
de la espera,
tendido en su aparente muerte,
dormido:
mi mascarón de proa.

Todas las playas a las que llegaré algún día,
todas las olas que habito,
todo el viento que desafía mis días de sonrisas y mis tristes horas,
guardan tu rostro, tienen tu nombre.
Rota la soledad.
El mar infinito donde sopla la brisa serena
y estalla el amor en giros pausados
que deshacen la niebla y el destino incierto,
guardan tu nombre, tiene tu rostro.
Rota la soledad.

Sigo meciéndome en las olas,
observando el vuelo de la gaviotas
que se deslizan sin pausa bajo el cielo,
sostenidas en las manos de los ángeles que vagan sin rumbo,
poetas desvelados del cielo,
voces perdidas que el viento sacude
donde van a perderse las mareas.

El mar inunda los contornos que tejen en la tierra mi soledad.

Seguirán las líneas de mis manos
llenando de mar sus rayes,
rompiendo ocasos en ls sicigias
que ponen sal a las sirgas de mi rastro.

Proyecto el tiempo en cada pulso,
trazando velas
en las luces de mi norte errático,
reclamando mares que fecundar con agua.

Tendré en mi mar un corazón
sobre el que el viento soplará sin lapso,
lleno de vida.
Sus latidos acunarán mis madrugadas
compartiendo destinos,
descubriendo horizontes,
lleno de vida.
Desgranará su ternura
recogiendo alegría o tristeza,
según le dicten las líneas de la existencia,
lleno de vida.
Y cuando solo sea una sombra gastada y nívea,
seguirá incendiando el aire con islas y barcos,
lleno de vida.

Encuentro en las palabras la voz del mar.

Una a una han de llegar las palabras,
imágenes de sal que rescato
de islotes de medusas,
como si fueran dedos que quisieran rozar
la voz que amanece hambrienta de mar.

Me disuelvo en tu presencia,
entre el hálito de mar y viento donde navego
sobre tu sangre a embestidas de agua.
Estremecido me derramo en tus corrientes,
y encuentro en las olas tu adiós y tu llamada,
como un grito que escapa
y arrasa el corazón con sus latidos.

En las húmedas piras del crepúsculo
quema la tarde luciérnagas de sal.
La noche se vuelve ceniza.

Hay huracanes ocultos
en el alma de los barcos.
Nacen y agonizan
en las insondables rutas de la brújula.

Es tuyo, mar,
lo que nunca ha sido mío.

Poema incluido en el poemario “Los vértices del mar”, ganador  del XXVI Premio de Poesía Ruta de la Plata, Premio García Plata de Osma.
© los vértices del mar / francisco javier silva
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