Cuento nº 6 Una historia de navidad



Texto selecionado para el libro
"El vuelo de la palabra. El cuento en Extremadura 2018"















Había quedado una tarde espléndida después de la lluvia. Los rayos del sol calentaban tímidamente el suelo mojado y atisbaban desorientados sobre un horizonte brumoso a causa del humo que desprendían las chimeneas que se alzaban en la distancia.
Sobre la loma, en el abandonado Cortijo del Aire, Tiburcio, el vagabundo, tenía su refugio. Allí atesoraba sus pocas pertenencias: un mugriento colchón, un banquillo de madera y numerosas latas de diferentes tamaños que utilizaba como improvisada vajilla.
Todo lo compartía con su perro, al que un día salvó de morir ahogado en el cercano arroyo Harnina, y al que bautizó con el nombre de Moisés.
La amistad que unía a aquellos dos desdichados era conmovedora. Actuaban como dos extraños que se contemplaban uno al otro, con absortas miradas, como si apenas se viesen. Sin embargo, ambos disfrutaban de la compañía mutua, soportando resignadamente el silencio y el hambre.
Ese día, al despertar, lo primero que se le vino a la mente fue que era Nochebuena, y tuvo la desagradable sensación de que sería una Nochebuena como todas las demás: triste y muda.
Recordaba cada Navidad con un cúmulo de sentimientos encontrados, apenados  y dolorosos a la vez. La vida no había sido fácil para él y, seguramente, tampoco para Moisés.
Se le empañaron los ojos. Durante unos instantes, pudo oír su propio corazón y por unos momentos le embargó una extraña sensación de paz.
Buscó a Moisés, desaforado.


-    ¡Moisés, hoy es Nochebuena! Todo el mundo se debe estar preparando para celebrarla. Hoy nosotros también vamos a hacerlo - disertaba revolviendo impetuosamente las latas -. Algo debemos de tener para comer.


Moisés lo siguió con la mirada, atónito con aquella desmedida confusión, mientras se lamía las patas con aire ausente.
Hacía más de una semana que Tiburcio cogió de una huerta próxima algunos tomates y con el pan duro que guardaba preparó sopa de tomate. Ese había sido el escaso alimento de los últimos días para Moisés y para él. Pero nada quedaba ya.
Sintió un hondo vacío que no era de hambre sino de pena. Sin embargo, no estaba dispuesto a resignarse. Metió la mano en el fondillo de sus pantalones de pana remendados, signo inequívoco de que esa ropa no era de segunda mano sino de tercera o cuarta, y sacó un viejo reloj de bolsillo.


-    Estamos de suerte, Moisés. Seguro que en la casa de empeño de la seña Pepa me darán buenas perras por él y podré comprar comida abundante para los dos. Tendremos una Nochebuena diferente, querido amigo.



Tiburcio, el vagabundo, enfiló la polvorienta tierra del bien marcado camino Husero que le llevaría al pueblo cercano de Almendralejo. Pensaba en lo afortunado que era, tanto que cuando quiso darse cuenta se encontraba frente a la casa de empeño. Decidió entrar lo antes posible.
Mientras caminaba por un pasillo apenas iluminado, una mujer salió a su encuentro y se dirigió hacia Tiburcio con suma frialdad.


-    ¿Qué buscas aquí, pordiosero?
-    Quiero vender mi reloj de bolsillo.
-    ¡A ver… menudo trasto! ¡Lárgate!
-    Es que esta noche es Nochebuena.


Aquella mujer dirigió al vagabundo una mirada solazada pero que contenía tanto desprecio como el que contiene un corazón que carece de ilusiones y compasión. Hizo un vago gesto de turbación.


-    Está bien, te daré unas perras para que puedas comprarte una botella de ese vino barato que tanto te gusta, y no me digas nada más o me arrepentiré de la estupidez que voy a hacer.
-    ¡Gracias, gracias!


Tiburcio dejó el reloj sobre la mano extendida de la seña Pepa. La mujer ni siquiera lo miró. Vaciló un instante y sacó de su bolsillo el dinero prometido mientras miraba, de arriba abajo, a Tiburcio, como esperando que dijera algo.


-    ¡Anda, vete ya y no vuelvas por aquí!


Salió de la casa, satisfecho. Echó a andar hacia la Lonja de Lorencito que se encontraba a unos cien metros de distancia. Entró y frente a él se topó con el amplio mostrador que separaba la mercancía de cualquier persona que accediera con intención de comprar.


-    ¿Qué buscas aquí, Tiburcio? Sabes bien que si no hay perras no hay vino. 


Lorencito era un hombre corpulento y rubicundo. En estos días rezumaba satisfacción por todos sus poros. En esta época de Navidad adquiría una insospechada plenitud humana. Era al mismo tiempo generoso, sociable e incluso tenía buen carácter. Sin embargo no era más que la cínica indulgencia que las provechosas ventas navideñas le producían.


-    Tengo dinero, Lorencito. 


Tiburcio comenzó a caminar de vuelta a su refugio. Las calles estaban todavía húmedas, y en el suelo se proyectaban las luces de algún farol que resplandecía pálidamente. Ensimismado en sus pensamientos pensó que los hombres eran, tal vez, mucho más complicados de lo que él siempre había supuesto.
Se detuvo un momento para recuperar el aliento en mitad de la calle. Introdujo la mano en el bolsillo grande de su chaqueta. Se sintió entumecido y aturdido por las emociones que se desataron en su interior mientras abrazaba, con sus dedos temblorosos, la botella que tan celosamente allí guardaba.
El grito fue tan inesperado y agudo como el golpe de la camioneta sobre su cuerpo.
El conductor se volvió al oír el grito y reparó en el cuerpo tendido sobre la calzada. Paró el vehículo, se acercó y observó que no se movía y no respiraba. Tomó aire y articuló un estridente chillido.


-    ¡Ha sido un accidente! ¡Está muerto! ¡Estaba parado en mitad de la calzada!


Las demás personas que aún permanecían en las calles, interrumpieron sus pasos y se apiñaron alrededor del cuerpo de Tiburcio.
Nadie prestó atención a la botella de leche que, con una fuerza inescrutable, abrazaba el vagabundo como intentando no dejarla escapar de sus ya dedos inertes.
La seña Pepa sacudió la cabeza.


-    Será mejor que informemos a los civiles. Ninguno de nosotros puede ocuparse de este asunto.


Esbozó una mirada lúgubre y se marchó contrariada, con una mezcla de desconcierto y rabia. Era Nochebuena, podía haber elegido otro día para morirse.

El señor Lorencito se le acercó, algo confuso por el tumulto que le había hecho salir de la Lonja.

-    ¿Qué ha ocurrido, seña Pepa?
-    Un accidente, Lorencito. Han atropellado a Tiburcio, el vagabundo. No hay nada que hacer por el pobre desgraciado. Ha muerto.
-    Es terrible que estas cosas pasen y más en Navidad - dijo con el rostro ensombrecido -. Sin ir más lejos, acabo de disparar a un perro inmundo que ha entrado en la tienda a robar comida.


Apretó los labios, pero era imposible discernir si era ira o compasión lo que expresaba con aquel gesto.


-    Pero, ¿cómo entró en la Lonja? - preguntó la seña Pepa -. Es difícil que nadie, ni siquiera un animal, pueda acceder por la puerta principal sin que no sea visto.
-    Debió entrar por el huerto. El hambre afina el ingenio y su intención era comer o llevarse algo. 


Pero lo extraño es que lo que atenazaba con su boca no era comida, seña Pepa, sino una botella de vino. No se imagina usted lo que me ha costado desprenderla de sus dientes. Reconozco que soy incapaz de comprenderlo. En fin, cosas que pasan…
No tenían más que añadir. Así que, conversaron sobre cuestiones banales que no guardaban ninguna relación ni con Tiburcio ni con el perro.
Luego se despidieron cordialmente y regresaron a sus respectivas casas, aliviados al pensar que dentro de poco estarían cenando copiosamente, celebrando la Nochebuena, sin que ningún recuerdo de aquellos infortunados perturbase ni por un instante la festividad de aquella noche y mucho menos de las que, a buen seguro, vendrían en un futuro.
Sin embargo, desde aquel día, cuando llega el día de Nochebuena y alguien sube la cuesta de la calle Petirrojo, en los alto de la loma, por encima del Rancho Roque, el aire brilla y centellea, de tal forma, que parece posible cogerlo con las manos, y entre las ruinas del viejo Cortijo del Aire, la luz se perfila con una suave luminiscencia. Y hay quien dice, que al anochecer, se puede advertir vagamente entre las ruinas, las figuras de un vagabundo y un perro, unidos en un combate singular de risas y ladridos, como si trataran de coser con sus juegos alegres la oscuridad de la noche.


© Cuentos que guardo bajo mi almohada / francisco javier silva
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