Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (III)




 22... Observó como la luz transparente del otoño se derramaba sobre la calle. Sin embargo, a él le invadía una extraña sensación de ahogo. - Su cáncer no tiene cura, no es posible operarlo. Tiene un año de vida a lo sumo. Lo siento. - Sí, lo comprendo. Tuvo la sensación de que algo se le rompía, pero no quería sentimientos de lástima ni deshacerse en llanto. Se anudó la bufanda alrededor del cuello y se abotonó la chaqueta. Quería pasear, traspasar los límites de algún camino polvoriento donde ahuyentar todos los pensamientos.  
23... Pensó que podría encontrar el sendero. Escuchó el rugido de un coche que subía por el camino que bordeaba la pendiente. Intentó levantarse mientras el vehículo aparecía tras la última curva y se paraba. Un hombre abrió la puerta del coche. Llevaba el rostro cubierto, le apuntaba con una pistola y le disparaba, sin que aquellos actos tuvieran algún sentido.  
24... Había sangre en el suelo, oscureciéndolo.  
25… Un viento helado corría por el camino de tierra bordeado de árboles. Algunos estaban muriendo, encorvados por el frío y la enfermedad, pero casi todos se veían firmes y fuertes. Se detuvo frente a la caseta de la verja principal. El guardia le indicó con señas que entrará. Escudriñó con la mirada el largo y anchó corredor. Un rótulo, al final del mismo, le advertía: “CORREDOR DE LA MUERTE – ÁREA DE VISITAS”. - Por favor, colóquese delante de la cabina de entrevistas. El preso elevó la mirada. - Ya han fijado la fecha de la ejecución. - Lo sé. Levantó las manos esposadas y las apoyó contra el pecho. - Soy inocente, y voy a morir. Observó al hombre encerrado, sin decir nada. Permanecieron largo rato sentados, en silencio.  
26… Nadie intentó impedirlo. Una fuerte dosis de tiopentotal sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio, esperaba cobardemente. A nadie le importaba su inocencia.  
27… Tenía los macilentos brazos extendidos y las muñecas sujetas con correas. Pretendió tragar saliva pero tenía la boca reseca. Miró los tubos flexibles que se clavaban en sus venas. El pecho le subía y bajaba, palpitantemente. Giró la cabeza y vio al director de la prisión hacer un gesto con la mano. Y sintió que cruzaba la línea que separa la vida de la muerte.  
28… - Una limosna, por caridad. Aquellas palabras rompieron el único sonido que hasta entonces llegaba a sus oídos: el cadencioso goteo de los latidos acelerados de su corazón.  
29… Abrumado por la angustia, se secó el sudor que perlaba su rostro. Apretaba con furia la bolsa de monedas, con tal fuerza que tenía la sensación de que se inflamaba entre sus dedos, causándole quemaduras. Trató de recordar pero sólo encontró oscuridades en todos los recovecos de su memoria. Se sentía herido, culpable de un tiempo que los ojos del mendigo le habían mostrado, lleno de sombras, asustado y avergonzado de su propia historia humana. ¿Qué sentido tenía haber entregado sangre inocente, si la verdad que defiendes te derrota y te hunde en irritantes cicatrices? Lo último que vio antes de darse la vuelta, fue la figura del mendigo, satisfecho, alborozado, cerrando sus manos en torno a la bolsa de monedas, convertida en emponzoñados espejos de futuro que le prometían una nueva vida. Pensó, sin embargo, que la vida seguiría existiendo con la abstracción, la intolerancia e irreflexión de siempre, de lo que no tiene razón.  
30 monedas... Judas comprendió que su perpetua condena había sido recoger a lo largo del tiempo las sombras de la naturaleza humana, su amargo retrato. Así, sin más, se encontró de pronto con el abismo de aquella verdad que lo cercaba. Malgastados quedaban ya los besos en el huerto de Getsemaní y, oculta en la tierra, la sangre derramada. Y se halló vacío, desgastado por la vida, sin nada... Tan solo su mirada quedó asida a las manos del mendigo y la bolsa de monedas, mientras el polvo se encargaba de borrar lo que dejaba atrás. Poco después, la luna surgió súbitamente sobre la cresta de la colina, rodeando, con sus blancos y neblinosos brazos, la figura inerte que colgaba del árbol.

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Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (II)





7... El griterío de la muchedumbre, sombras sin contornos definidos, se agitaban a su alrededor. Con mucho cuidado intentó mover las manos. Sus dedos rozaron el rugoso tronco de madera.
8... Giró despacio la cabeza hacia donde estaba el hombre. Un leve movimiento de su brazo acercó la tea encendida a la leña seca que tenía bajo sus pies.
El sol se asomó entre gruesos nubarrones de tormenta, tiñendo el ocaso con un halo de fuego que alejó todos los gritos y todas las sombras.
9... Caminó por todo el pueblo, contento por lo diferente que se veían las cosas de repente.
El agradable aroma que salía de la panadería, las voces de los niños y el sonido de la campanilla del colegio, el ir y venir de la gente entrando o saliendo de la estafeta de correos, el retumbo del tren en la estación entre tufos de vapor silbante y carbonilla. Se detuvo, sin embargo, frente a la iglesia. La campana repiqueteó doce veces mientras se abría la puerta, y un número indeterminado de figuras sombrías y encapuchadas la cruzaban. La luna se filtraba entre las ramas de los árboles cercanos, descubriéndolas más espectrales y aterradoras.
La muchacha no supo reprimir un nuevo sollozo. Sintió punzadas de ansiedad, un miedo atávico. Uno de aquellos encapuchados le hizo un gesto con la mano, indicándole que saliese a la ominosa oscuridad de la noche.
10... Apenas tuvo tiempo de hacerlo. Un brutal empujón la arrojó sobre la escalera de la entrada. La muchacha rodó y cayó al suelo, dejando escapar un gemido. Tambaleándose intentó ponerse en pie. Un nuevo gesto y aquellos encapuchados comenzaron a golpearla, sin piedad, con saña, sin importarles los gritos de dolor.
Observaba en la oscuridad, horrorizado.
- ¡Dejadla!
Se abalanzó sobre ellos en el mismo momento que una soga se ceñía al cuello de ébano de la muchacha, estrangulándola y asfixiándola, cada vez con más fuerza. Sintió que lo miraba, suplicándole con los ojos que la ayudara.
11... Ella comenzó a llorar. La abrazó, apretándola contra su pecho. Luego, rompió también en sollozos.
No sabía si lloraba por ella, por los que se habían ido, por el mismo. En aquellos instantes, poco importaba. Miró la insignia de la Estrella de David sobre su ropa, el muro de cuatro metros que separaba el gueto y sus sombras humanas de desesperos, humillaciones y noches eternas, de la luz.
Pasearon como dos fantasmas por la calle Krochmalna, a pesar del intenso frío. Nada quedaba del gentío que semanas atrás se agolpaba en su trayecto, llenándola. Las frecuentes deportaciones hacia Treblinka de los últimos días, acabaron por vaciarla. Sólo unos niños sentados en la cuneta, con los pies descalzos, parecían esperar a quienes nunca más volverían a pisarla.
12... El tren hizo su entrada en la pequeña estación. Abrazaba a la muchacha con fuerza, intentando que el calor de su abrazo la confortara. Un reloj de madera marcaba, imperturbable, la misma hora: las tres de la tarde.
13... No entendía por qué habían separado a las mujeres y los niños de los hombres, por qué les despojaron de sus sombreros y abrigos, de sus camisas y pantalones, de sus zapatos, de su
ropa interior, de las pocas pertenencias que les quedaban. No entendía qué hacía en mitad de aquel sombrío barracón lleno de duchas, jadeante y aterrado.
¿Qué habría sido de la muchacha, de las otras mujeres, de los niños?
El crujido metálico de las duchas y el sonido de un avión sobrevolando el barracón, se unió a los gritos desesperados de la muerte.
14... Mientras el avión se inclinaba ascendiendo, observaba el horizonte con nerviosismo. Las manos le sudaban cuando vislumbró, a lo lejos, las luces intermitentes.
- ¡Ahora!
- Muy bien, ¡fuera!
- ¡Buen viaje, Little Boy!
El avión se estremeció, y dejó caer su cargamento con furia abrasadora.
15... Una extraña tranquilidad se respiraba en la casa. Las ramas de hiedra cubrían las paredes de la entrada y un viento suave balanceaba las ramas de los cerezos, haciéndolas temblar.
Se sirvió una taza de humeante té mientras se asomaba a la ventana. Miró el reloj con la inquietud que le producía la calma y el silencio de aquella mañana. Sólo eran las 8:15.
16... El parpadeante resplandor en el cielo llamó su atención. Una luz blanca azulada le llegó de golpe a los ojos, y no pudo ver nada. Seguidamente, la explosión le hizo perder la noción del tiempo y el espacio.
17... El fuego...
18... No tenía tiempo para escapar. Permaneció en donde estaba hasta que le alcanzó.
Abrió los ojos y vio que se hallaba tendido en el suelo, rodeado de flotantes cenizas.
19... Vagó alrededor de una ciudad que olía a muerte. Montones de cadáveres se amontonaban entre los escombros, con las manos abiertas y las piernas torcidas en agonía. Se sintió totalmente extraño porque aún seguía vivo. Deseaba cerrar los ojos, dormir, olvidar. Su corazón estaba desconsolado por el pasado, por el presente, por el futuro.
20... Deslizó entre las sábanas el brazo pinchado por la aguja. Tocó la piel, ajada y blanda. Parecía que tuviera cien años en su cuerpo de veintidós.
Siempre creyó que el mundo le llamaría para llevarle lejos del pequeño pueblo donde había nacido. Con el tiempo, mientras crecía, su único deseo fue escapar cuanto antes.
Cuando murió su madre, sus sueños estaban guardados en bolitas de alcanfor. Pero a los quince años dejó de ser niño, ahogado en el alcohol de un padre sin sentimientos que desertó, huyó, y le dejó olvidado en un sucio albergue para huérfanos.
21... Tenía miedo. Aquella noche, los más pequeños habían pasado por las duchas de agua fría. Oyó los golpes que recibían cuando se quejaban. Se cubrió la boca con las manos para asfixiar sus propios lamentos. Aún tenía abierta la herida que la fina vara de olivo le ocasionó en la pierna, únicamente por decir que tenía hambre. En ocasiones sentía fuertes punzadas y le sangraba.
Su miedo se acrecentaba por las noches. En la cama se le amontonaban los insultos, las humillaciones, su propia amargura. Su corazón, débil y frágil, se aferraba a la vida, mientras su endeble latido conseguía resquebrajar el silencio de la habitación, hasta que terminó por ceder, y los días solo fueron agujas clavadas en su maltrecha esperanza. Y escapó...


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Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (I)






EL VUELO DE LA PALABRA CUENTO 2014

Selección de cuentos que siguen diferentes caminos hacia la narrativa, muy distintos entre sí, que combinan diferentes procedimientos y registros de entender la escritura.

Tránsitos de sombras fue seleccionada para formar parte del libro "El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura 2014" como una de las obras ganadoras de la edición de este Certamen Literario 2014.




 “¿Cómo alargar un sueño hasta que sea un punto en el paisaje, una figura, una palabra o la muerte, sin que el paisaje se desintegre como una burbuja? Nosotros ya no podemos dejar de estar en el paisaje siguiente, aunque sea un paisaje en blanco.”
Roberto Juarroz

 
Caminaba lentamente, con la cabeza inclinada hacia delante. Dos profundas arrugas de tristeza le bajaban de los ojos a los labios.
Atravesó la vieja construcción de estuco que servía de entrada al templo. Aplastó la espalda contra un arco lleno de lirios blancos. Se restregó la frente con las palmas de las manos abiertas, mientras el sol perseguía su figura, sin tregua, y su sombra le delataba con tinturas ocres sobre los remolinos de polvo que se formaban a sus pies.
Con el semblante anegado por pensamientos que continuamente amenazaban su memoria, por voces que un día llenaron su corazón y ahora rasgueaban como ecos disipados de lo que antes fue un sueño, entró en el templo.
Una silueta imprecisa se le cruzó en el camino.
- Una limosna, por caridad.
Aquellas palabras rompieron el único sonido que hasta entonces llegaba a sus oídos: el cadencioso goteo de los latidos acelerados de su corazón.
Lo observó como contemplan unos ojos desgastados las mil caras de un espejo roto. Se sobresaltó levemente cuando el hombre se detuvo a su lado, y se quedó mirándolo durante un largo rato, como si necesitase retener cada uno de los detalles de su rostro.
La nariz aguileña y afilada, las ligeras arrugas entre las cejas, la comisura abierta de los labios, eran signos indefinidos que apenas le decían nada.
- Una limosna, buen hombre.
Le miró a los ojos, unos ojos que parecían emerger de otro mundo, de otra realidad, y que, casi sin pretenderlo, conseguían cautivarlo. Intentó saber qué guardaba aquella mirada, aquellos ojos que parecían los ojos de una multitud, llenos de luces y de oscuridades.
- Una limosna... - imploró la voz del mendigo. Sin embargo, siguió sin prestarle, aparentemente, ninguna atención. Sus ojos se confundieron con aquellos ojos de luces y de sombras, y quedó absorto mirando un laberinto de monedas, de semblantes y rasgos difuminados, de sonidos teñidos de miedo. Algo fluyó de la mirada del mendigo, hablándole...
1... Este verano, han anidado las palomas en los alrededores del Templo de Júpiter. Sus cantos recurrentes coquetean con los trinos de los pájaros que, muy temprano, comienzan a señalar el paso del sol.
Entre las caídas tapias de piedra del jardín, mojaba el último trozo de pan negro en un roído tazón de caldo y coles. Una extraña cortina agrisada trascendía entre los haces de luz del horizonte.
Lavó sus manos y, tras mojarse los brazos, hizo lo propio con el pelo. Después se colocó la túnica y se dispuso a emprender el camino hacia la pequeña prensa de vino donde trabajaba.
Entró en la serpenteante y empinada vía que le conducía a su destino, estrecha y tortuosa. De pronto, vislumbró un resplandor delante de él, voraz e intenso, miles de chispas cayendo, y una multitud de gente que no cesaba de apagarlas, intentando que no prendieran fuego a las casas. Pero el viento, furioso, soplaba con fuerza.
A su alrededor, se oían los chillidos de aquellos que eran atrapados por las llamas.
Echó a correr. El fuego, antes o después, llegaría también a su casa.
2... - ¡Los cristianos, han sido los cristianos!
El resplandor de las llamas se agitaba tras las ventanas, iluminándolas. Sentía un miedo atroz. Apretó con fuerza la bolsa de monedas que había guardado entre sus ropas, cuando oyó un golpe por encima de su cabeza. Comprendió que el fuego se extendía por el tejado, pero no le
importaba; únicamente quería estar solo, lejos de aquellos que le gritaban y le llamaban cristiano.
Cuando el tejado en llamas se derrumbó sobre el suelo, corrió hacia la puerta. Pensó que el circo Máximo sería un buen abrigo, para él y para su bolsa de monedas.
Sin embargo, el circo Máximo estaba ardiendo. Preso del pánico, buscó refugio e intentó huir por los márgenes del río Tíber. Nadie le perseguía.
Salió de la ciudad sin atreverse a mirar hacia atrás en su huida. Escuchó alaridos, gritos de mujeres y de niños aterrados, voces que imaginaba que le llamaban. Pero en ningún momento giró la cabeza para ver de nuevo el ruido hiriente del humo. Tenía los ojos muy abiertos, la boca jadeante. Alcanzó el tronco de un árbol y se apoyó en él. El cansancio, mayor que la locura que le envolvía, le hizo perder el sentido. Como la cabeza de un alfiler, el sol se perdía en el horizonte.
3... Aquella noche, la luna adquiría tonos plateados en la orilla de las nubes.
Abrió los ojos en la oscuridad. Le dolía todo el costado. Recorrió con las manos parte de su cuerpo y reparó en unas pequeñas hinchazones en las ingles y en las axilas. Un sudor frío y fétido le envolvía. Se puso en pie tras un gran esfuerzo. Intentó andar, pero el dolor le oprimía la espalda y apenas podía levantar la cabeza.
El humo de las fogatas encendidas se filtraba a través de las primeras calles. Hacía frío.
Se detuvo frente a la puerta cerrada. Antes de llamar recordó los momentos felices vividos con su mujer y sus hijos. Deseaba enormemente encontrarse de nuevo con ellos. Golpeó la puerta con unas manos temblorosas y sin fuerzas. Desde el interior, se escuchó una voz convulsa y quebrada.
- ¿Quién vive?
- Soy yo, mujer, tu esposo, déjame entrar. Estoy helado.
Pero la puerta continuó tercamente cerrada.
4... - No tengo esposo.
- Soy yo, mujer... ¿no reconoces mi voz?
- ¡Mi esposo murió, se lo llevó este cruel castigo de Dios!
Bruscamente tomó conciencia de la realidad. Se miró las manos, llenas de pústulas y úlceras. Tenía fiebre y una enorme necesidad de beber.
- ¡Abre, mujer!
Pero la puerta continuó tenazmente cerrada. Y detrás de ella, sólo escuchó el silencio.
Todo pareció tornarse oscuro, incomprensible, como si de una pesadilla se tratase.
Roto el hilo de su memoria, decidió marcharse. Deambuló nuevamente por las calles, iluminadas por las esferas de luz de las hogueras y las antorchas. Descubrió en todos los rincones hombres, mujeres y niños, indiscernibles, que se ahogaban o jadeaban de pavor cubriéndose la boca y la nariz con un pañuelo para no aspirar un aire cada vez más nauseabundo.
5... Entró en el puerto de Caffa por uno de los arcos abiertos en la pared norte de
la ciudad. Pensaba que lo mejor para olvidar era embarcarse hacia Sicilia. El deseo que alumbraba su alma de empezar una nueva vida, hizo que no sintiese ninguna fatiga durante el viaje. Aún así, seguía encontrándose mal. Lo extraño fue que muchos marineros enfermaron también durante la travesía. Algunos murieron como consecuencia de fiebres altas y fuertes hemorragias internas.
Llovía cuando desembarcó. El suelo presentaba esos tonos brillantes que sólo destapa la lluvia. Tanteó sus bolsillos en un gesto inequívoco de buscar la bolsa de monedas. Dejó escapar un leve estornudo en el mismo momento que la luz de una tea encendida le deslumbró los ojos.
- ¡Qué Dios te bendiga!
6... Advirtió que su respiración era irregular y costosa. A través de sus párpados cerrados, percibió la oscuridad. No quería abrir los ojos. La sensación de estar al borde de un precipicio le hizo temblar, más si cabe que el frío que recorría todo su cuerpo.
Sabía que no le había prestado mucha atención a la religión, por ello nunca imaginó que sus acciones hubiesen sido tan censurables como para que fuesen consideradas pecados mortales. Pero el interrogatorio y el dolor de la tortura hizo que inconscientemente dijese sí.
¿Cómo había llegado a Toledo? ¿Cómo había ido a parar a uno de esos sótanos húmedos y oscuros? ¿Brujo, adivino, blasfemo?
Las preguntas se amontonaban en su mente. Creyó que le iba a estallar la cabeza, tan sólo de pensar que en horas sería conducido a la plaza de los quemados, para rendir cuentas públicamente ante Dios...


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Un día, en tu vida, descubres...



"...ya que la muerte no interrumpe nada
y esto no son palabras,
son latidos."
Luís Rosales


Un día, en tu vida, descubres
que bajo las cornisas de tus párpados no quedan pájaros,
solo aquellos que envejecen cuando llega el invierno
y clava su aguijón de nublados y lluvia
en los huecos helados de tu frente.
Y descubres que tus labios son labios sin agua,
como si una ráfaga de aire arrancará de raíz,
quién sabe por qué, tus deseos de existir,
bostezan la luz las ventanas,
llenas de ruidos que se disipan,
y no escuchan la voz de un corazón
que derrama con cada latido pétalos marchitos
y puñales con lágrimas de ausencia,
pesan los minutos en tu reloj de pulsera
y el pulso de tus arterias anuncia los naufragios
de un calendario que muere a trozos
para ahuyentar el frio que se posa en sus hojas despobladas,
duele el amor en las líneas de la piel
mientras pagas las facturas del olvido,
y agonizas despacio, muy despacio...

Pero un día, en tu vida, presientes
que regresan los pájaros
desescombrando inviernos, nublados y lluvia,
y que todo en ti es mar, manos y horizonte
según el nombre que le pongas al viento,
a las olas o a la geometría azul de las mareas,
y enferma de voces y lenguajes el corazón
mientras hablan tus arterias y sacias tu sed con otros labios,
no necesitas ningún reloj porque llevas en tus manos
el mapa que mide la distancia infinita entre dos besos,
dibuja el amor temblores en la piel
prolongando la luz más allá de las ventanas,
y se esconden las heridas en el olvido
para que cruces las calles sin mirar el color de los semáforos.
Un día descubres
que no estás muerto,
que te sorprende la vida cuando limpias tus manos
y te sangran los dedos caricias inéditas,
quién sabe por qué,
se destiñen tus cabellos blancos en latidos
delatándote en un impaciente empeño de vivir.

Y sin embargo,
un día descubres que, a pesar de los días,
la vida conserva el rostro de todo lo que tocas,
porque llega, secuestra tus zapatos,
y deja tus pies como pequeños marineros
sumergidos en el alma de los peces, 
te levanta de improviso de la cama,
limpia los muebles de polvo y de sombras, 
y conjuga la voz de las bombillas 
en futuros imperfectos trazados con urgencia
que ineludiblemente se nos van de las manos
para morirse de repente,
como se nos mueren los sueños, los silencios,
el sudor de la almohada, los pantalones cortos,
el jeroglífico de tiza que viste nuestro cuerpo,
quién sabe por qué,
se fractura en tempestades de sal sobre tu vientre
y se te queda en la piel,
justo en el centro donde pronuncio su nombre
y me escucha.

Primer Premio IV Certamen de Poesía
Colectivo Ataecina (Tarrasa) 

Autor y voz: Francisco Javier Silva 


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