Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (I)






EL VUELO DE LA PALABRA CUENTO 2014

Selección de cuentos que siguen diferentes caminos hacia la narrativa, muy distintos entre sí, que combinan diferentes procedimientos y registros de entender la escritura.

Tránsitos de sombras fue seleccionada para formar parte del libro "El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura 2014" como una de las obras ganadoras de la edición de este Certamen Literario 2014.




 “¿Cómo alargar un sueño hasta que sea un punto en el paisaje, una figura, una palabra o la muerte, sin que el paisaje se desintegre como una burbuja? Nosotros ya no podemos dejar de estar en el paisaje siguiente, aunque sea un paisaje en blanco.”
Roberto Juarroz

 
Caminaba lentamente, con la cabeza inclinada hacia delante. Dos profundas arrugas de tristeza le bajaban de los ojos a los labios.
Atravesó la vieja construcción de estuco que servía de entrada al templo. Aplastó la espalda contra un arco lleno de lirios blancos. Se restregó la frente con las palmas de las manos abiertas, mientras el sol perseguía su figura, sin tregua, y su sombra le delataba con tinturas ocres sobre los remolinos de polvo que se formaban a sus pies.
Con el semblante anegado por pensamientos que continuamente amenazaban su memoria, por voces que un día llenaron su corazón y ahora rasgueaban como ecos disipados de lo que antes fue un sueño, entró en el templo.
Una silueta imprecisa se le cruzó en el camino.
- Una limosna, por caridad.
Aquellas palabras rompieron el único sonido que hasta entonces llegaba a sus oídos: el cadencioso goteo de los latidos acelerados de su corazón.
Lo observó como contemplan unos ojos desgastados las mil caras de un espejo roto. Se sobresaltó levemente cuando el hombre se detuvo a su lado, y se quedó mirándolo durante un largo rato, como si necesitase retener cada uno de los detalles de su rostro.
La nariz aguileña y afilada, las ligeras arrugas entre las cejas, la comisura abierta de los labios, eran signos indefinidos que apenas le decían nada.
- Una limosna, buen hombre.
Le miró a los ojos, unos ojos que parecían emerger de otro mundo, de otra realidad, y que, casi sin pretenderlo, conseguían cautivarlo. Intentó saber qué guardaba aquella mirada, aquellos ojos que parecían los ojos de una multitud, llenos de luces y de oscuridades.
- Una limosna... - imploró la voz del mendigo. Sin embargo, siguió sin prestarle, aparentemente, ninguna atención. Sus ojos se confundieron con aquellos ojos de luces y de sombras, y quedó absorto mirando un laberinto de monedas, de semblantes y rasgos difuminados, de sonidos teñidos de miedo. Algo fluyó de la mirada del mendigo, hablándole...
1... Este verano, han anidado las palomas en los alrededores del Templo de Júpiter. Sus cantos recurrentes coquetean con los trinos de los pájaros que, muy temprano, comienzan a señalar el paso del sol.
Entre las caídas tapias de piedra del jardín, mojaba el último trozo de pan negro en un roído tazón de caldo y coles. Una extraña cortina agrisada trascendía entre los haces de luz del horizonte.
Lavó sus manos y, tras mojarse los brazos, hizo lo propio con el pelo. Después se colocó la túnica y se dispuso a emprender el camino hacia la pequeña prensa de vino donde trabajaba.
Entró en la serpenteante y empinada vía que le conducía a su destino, estrecha y tortuosa. De pronto, vislumbró un resplandor delante de él, voraz e intenso, miles de chispas cayendo, y una multitud de gente que no cesaba de apagarlas, intentando que no prendieran fuego a las casas. Pero el viento, furioso, soplaba con fuerza.
A su alrededor, se oían los chillidos de aquellos que eran atrapados por las llamas.
Echó a correr. El fuego, antes o después, llegaría también a su casa.
2... - ¡Los cristianos, han sido los cristianos!
El resplandor de las llamas se agitaba tras las ventanas, iluminándolas. Sentía un miedo atroz. Apretó con fuerza la bolsa de monedas que había guardado entre sus ropas, cuando oyó un golpe por encima de su cabeza. Comprendió que el fuego se extendía por el tejado, pero no le
importaba; únicamente quería estar solo, lejos de aquellos que le gritaban y le llamaban cristiano.
Cuando el tejado en llamas se derrumbó sobre el suelo, corrió hacia la puerta. Pensó que el circo Máximo sería un buen abrigo, para él y para su bolsa de monedas.
Sin embargo, el circo Máximo estaba ardiendo. Preso del pánico, buscó refugio e intentó huir por los márgenes del río Tíber. Nadie le perseguía.
Salió de la ciudad sin atreverse a mirar hacia atrás en su huida. Escuchó alaridos, gritos de mujeres y de niños aterrados, voces que imaginaba que le llamaban. Pero en ningún momento giró la cabeza para ver de nuevo el ruido hiriente del humo. Tenía los ojos muy abiertos, la boca jadeante. Alcanzó el tronco de un árbol y se apoyó en él. El cansancio, mayor que la locura que le envolvía, le hizo perder el sentido. Como la cabeza de un alfiler, el sol se perdía en el horizonte.
3... Aquella noche, la luna adquiría tonos plateados en la orilla de las nubes.
Abrió los ojos en la oscuridad. Le dolía todo el costado. Recorrió con las manos parte de su cuerpo y reparó en unas pequeñas hinchazones en las ingles y en las axilas. Un sudor frío y fétido le envolvía. Se puso en pie tras un gran esfuerzo. Intentó andar, pero el dolor le oprimía la espalda y apenas podía levantar la cabeza.
El humo de las fogatas encendidas se filtraba a través de las primeras calles. Hacía frío.
Se detuvo frente a la puerta cerrada. Antes de llamar recordó los momentos felices vividos con su mujer y sus hijos. Deseaba enormemente encontrarse de nuevo con ellos. Golpeó la puerta con unas manos temblorosas y sin fuerzas. Desde el interior, se escuchó una voz convulsa y quebrada.
- ¿Quién vive?
- Soy yo, mujer, tu esposo, déjame entrar. Estoy helado.
Pero la puerta continuó tercamente cerrada.
4... - No tengo esposo.
- Soy yo, mujer... ¿no reconoces mi voz?
- ¡Mi esposo murió, se lo llevó este cruel castigo de Dios!
Bruscamente tomó conciencia de la realidad. Se miró las manos, llenas de pústulas y úlceras. Tenía fiebre y una enorme necesidad de beber.
- ¡Abre, mujer!
Pero la puerta continuó tenazmente cerrada. Y detrás de ella, sólo escuchó el silencio.
Todo pareció tornarse oscuro, incomprensible, como si de una pesadilla se tratase.
Roto el hilo de su memoria, decidió marcharse. Deambuló nuevamente por las calles, iluminadas por las esferas de luz de las hogueras y las antorchas. Descubrió en todos los rincones hombres, mujeres y niños, indiscernibles, que se ahogaban o jadeaban de pavor cubriéndose la boca y la nariz con un pañuelo para no aspirar un aire cada vez más nauseabundo.
5... Entró en el puerto de Caffa por uno de los arcos abiertos en la pared norte de
la ciudad. Pensaba que lo mejor para olvidar era embarcarse hacia Sicilia. El deseo que alumbraba su alma de empezar una nueva vida, hizo que no sintiese ninguna fatiga durante el viaje. Aún así, seguía encontrándose mal. Lo extraño fue que muchos marineros enfermaron también durante la travesía. Algunos murieron como consecuencia de fiebres altas y fuertes hemorragias internas.
Llovía cuando desembarcó. El suelo presentaba esos tonos brillantes que sólo destapa la lluvia. Tanteó sus bolsillos en un gesto inequívoco de buscar la bolsa de monedas. Dejó escapar un leve estornudo en el mismo momento que la luz de una tea encendida le deslumbró los ojos.
- ¡Qué Dios te bendiga!
6... Advirtió que su respiración era irregular y costosa. A través de sus párpados cerrados, percibió la oscuridad. No quería abrir los ojos. La sensación de estar al borde de un precipicio le hizo temblar, más si cabe que el frío que recorría todo su cuerpo.
Sabía que no le había prestado mucha atención a la religión, por ello nunca imaginó que sus acciones hubiesen sido tan censurables como para que fuesen consideradas pecados mortales. Pero el interrogatorio y el dolor de la tortura hizo que inconscientemente dijese sí.
¿Cómo había llegado a Toledo? ¿Cómo había ido a parar a uno de esos sótanos húmedos y oscuros? ¿Brujo, adivino, blasfemo?
Las preguntas se amontonaban en su mente. Creyó que le iba a estallar la cabeza, tan sólo de pensar que en horas sería conducido a la plaza de los quemados, para rendir cuentas públicamente ante Dios...


 © francisco javier silva  cuentos que guardo bajo mi almohada
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