Cuento n° 1 Tránsitos de sombras (II)





7... El griterío de la muchedumbre, sombras sin contornos definidos, se agitaban a su alrededor. Con mucho cuidado intentó mover las manos. Sus dedos rozaron el rugoso tronco de madera.
8... Giró despacio la cabeza hacia donde estaba el hombre. Un leve movimiento de su brazo acercó la tea encendida a la leña seca que tenía bajo sus pies.
El sol se asomó entre gruesos nubarrones de tormenta, tiñendo el ocaso con un halo de fuego que alejó todos los gritos y todas las sombras.
9... Caminó por todo el pueblo, contento por lo diferente que se veían las cosas de repente.
El agradable aroma que salía de la panadería, las voces de los niños y el sonido de la campanilla del colegio, el ir y venir de la gente entrando o saliendo de la estafeta de correos, el retumbo del tren en la estación entre tufos de vapor silbante y carbonilla. Se detuvo, sin embargo, frente a la iglesia. La campana repiqueteó doce veces mientras se abría la puerta, y un número indeterminado de figuras sombrías y encapuchadas la cruzaban. La luna se filtraba entre las ramas de los árboles cercanos, descubriéndolas más espectrales y aterradoras.
La muchacha no supo reprimir un nuevo sollozo. Sintió punzadas de ansiedad, un miedo atávico. Uno de aquellos encapuchados le hizo un gesto con la mano, indicándole que saliese a la ominosa oscuridad de la noche.
10... Apenas tuvo tiempo de hacerlo. Un brutal empujón la arrojó sobre la escalera de la entrada. La muchacha rodó y cayó al suelo, dejando escapar un gemido. Tambaleándose intentó ponerse en pie. Un nuevo gesto y aquellos encapuchados comenzaron a golpearla, sin piedad, con saña, sin importarles los gritos de dolor.
Observaba en la oscuridad, horrorizado.
- ¡Dejadla!
Se abalanzó sobre ellos en el mismo momento que una soga se ceñía al cuello de ébano de la muchacha, estrangulándola y asfixiándola, cada vez con más fuerza. Sintió que lo miraba, suplicándole con los ojos que la ayudara.
11... Ella comenzó a llorar. La abrazó, apretándola contra su pecho. Luego, rompió también en sollozos.
No sabía si lloraba por ella, por los que se habían ido, por el mismo. En aquellos instantes, poco importaba. Miró la insignia de la Estrella de David sobre su ropa, el muro de cuatro metros que separaba el gueto y sus sombras humanas de desesperos, humillaciones y noches eternas, de la luz.
Pasearon como dos fantasmas por la calle Krochmalna, a pesar del intenso frío. Nada quedaba del gentío que semanas atrás se agolpaba en su trayecto, llenándola. Las frecuentes deportaciones hacia Treblinka de los últimos días, acabaron por vaciarla. Sólo unos niños sentados en la cuneta, con los pies descalzos, parecían esperar a quienes nunca más volverían a pisarla.
12... El tren hizo su entrada en la pequeña estación. Abrazaba a la muchacha con fuerza, intentando que el calor de su abrazo la confortara. Un reloj de madera marcaba, imperturbable, la misma hora: las tres de la tarde.
13... No entendía por qué habían separado a las mujeres y los niños de los hombres, por qué les despojaron de sus sombreros y abrigos, de sus camisas y pantalones, de sus zapatos, de su
ropa interior, de las pocas pertenencias que les quedaban. No entendía qué hacía en mitad de aquel sombrío barracón lleno de duchas, jadeante y aterrado.
¿Qué habría sido de la muchacha, de las otras mujeres, de los niños?
El crujido metálico de las duchas y el sonido de un avión sobrevolando el barracón, se unió a los gritos desesperados de la muerte.
14... Mientras el avión se inclinaba ascendiendo, observaba el horizonte con nerviosismo. Las manos le sudaban cuando vislumbró, a lo lejos, las luces intermitentes.
- ¡Ahora!
- Muy bien, ¡fuera!
- ¡Buen viaje, Little Boy!
El avión se estremeció, y dejó caer su cargamento con furia abrasadora.
15... Una extraña tranquilidad se respiraba en la casa. Las ramas de hiedra cubrían las paredes de la entrada y un viento suave balanceaba las ramas de los cerezos, haciéndolas temblar.
Se sirvió una taza de humeante té mientras se asomaba a la ventana. Miró el reloj con la inquietud que le producía la calma y el silencio de aquella mañana. Sólo eran las 8:15.
16... El parpadeante resplandor en el cielo llamó su atención. Una luz blanca azulada le llegó de golpe a los ojos, y no pudo ver nada. Seguidamente, la explosión le hizo perder la noción del tiempo y el espacio.
17... El fuego...
18... No tenía tiempo para escapar. Permaneció en donde estaba hasta que le alcanzó.
Abrió los ojos y vio que se hallaba tendido en el suelo, rodeado de flotantes cenizas.
19... Vagó alrededor de una ciudad que olía a muerte. Montones de cadáveres se amontonaban entre los escombros, con las manos abiertas y las piernas torcidas en agonía. Se sintió totalmente extraño porque aún seguía vivo. Deseaba cerrar los ojos, dormir, olvidar. Su corazón estaba desconsolado por el pasado, por el presente, por el futuro.
20... Deslizó entre las sábanas el brazo pinchado por la aguja. Tocó la piel, ajada y blanda. Parecía que tuviera cien años en su cuerpo de veintidós.
Siempre creyó que el mundo le llamaría para llevarle lejos del pequeño pueblo donde había nacido. Con el tiempo, mientras crecía, su único deseo fue escapar cuanto antes.
Cuando murió su madre, sus sueños estaban guardados en bolitas de alcanfor. Pero a los quince años dejó de ser niño, ahogado en el alcohol de un padre sin sentimientos que desertó, huyó, y le dejó olvidado en un sucio albergue para huérfanos.
21... Tenía miedo. Aquella noche, los más pequeños habían pasado por las duchas de agua fría. Oyó los golpes que recibían cuando se quejaban. Se cubrió la boca con las manos para asfixiar sus propios lamentos. Aún tenía abierta la herida que la fina vara de olivo le ocasionó en la pierna, únicamente por decir que tenía hambre. En ocasiones sentía fuertes punzadas y le sangraba.
Su miedo se acrecentaba por las noches. En la cama se le amontonaban los insultos, las humillaciones, su propia amargura. Su corazón, débil y frágil, se aferraba a la vida, mientras su endeble latido conseguía resquebrajar el silencio de la habitación, hasta que terminó por ceder, y los días solo fueron agujas clavadas en su maltrecha esperanza. Y escapó...


© francisco javier silva  cuentos que guardo bajo mi almohada
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