Tríptico de andenes y trenes



Uno aprende a estar solo, a soportar el sentimiento de la soledad, esa soledad que construimos con diferentes rostros: tristeza, angustia, ansiedad, abandono, miedo...
Los trenes dejan un vaho de soledad en el tiempo, en las viejas maderas sobre las que vaciamos nuestras huellas y cicatrices. 
Los andenes guardan los instantes convulsos de gestos y despedidas, los rastros que deja nuestra espera, en silencio y en soledad.


“Un pájaro metálico
devora la distancia,
pero sabes que estás lejos.
Cuando miras las sonrisas
blancas, sin ironía
de su noche.”


Goya Gutiérrez


(I)
En la disonante noche que despierta y traba sus dientes y su lengua
en las paredes gruesas y ralas de los rostros que un día fueron carne y huesos,
los trenes, encendidos como urbes de neón entre la niebla,
desgarran los rieles en una perpetua coreografía de caminos que retroceden.
Hay una mano de hollín que construye umbrales en el aire,
una penumbra que deshilacha sus vestidos y reclama
una estación donde llorar a solas.
No traspasan la memoria los carbones humeantes que edifican los trayectos,
han perdido la geometría de sus órganos y el humo delata su presencia.
Rielan las sombras en sílabas noctámbulas,
los trenes, encendidos como cicatrices que se clavan en el aire,
no temen al vientre estéril de la noche ni a destinos inciertos
ni a los ramales fantasmas,
porque siempre hay un andén esperando a que las horas los sepulten
en el hermoso sueño de los muertos.

(II)
La soledad de los trenes está llena de lluvia,
de paisajes helados, de muros de cal.
La soledad de los trenes pasa sin hacer ruido:
los ojos duelen y ni siquiera anochece.

La soledad de los trenes oculta en sus entrañas
indestructibles esqueletos de luciérnagas
que esperan el nacimiento de la luz en los túneles,
se quema en la piel de las estatuas,
temerosa de habitar las sombras.

La soledad de los trenes levanta hojas de polvo,
lleva la tez del camino en el costado insomne de la distancia.
Nos contempla, cubierta con los desdeñados adioses de sus itinerarios.
No hay vértigos ni vigilias en las manos
por donde cruzan las multitudes sin rostro,
sin nombre:
los ojos duelen y ni siquiera amanece
en el ignoto destierro de los muertos.

(III)
Todos los andenes tienen el olor rancio de la espera,
restos de soledad sobre los bancos
donde permanecen las cicatrices del adiós:
porque suele haber bancos en los que se espera siempre.
Entre un turbio vapor que palidece, adornado con lluvias interminables
sobre las que el corazón abandona la sequedad de sus latidos,
pisadas sin amor,
como una señal del viajero que incinera señales de humo
sobre el vientre helado del camino,
los andenes fingen locura e interrumpen el prolongado silbido de los trenes
cuando deslizan en el tiempo el paso errante del apresurado transeúnte
que descuartiza una caduca lejanía de despedidas y regresos.
Todos los andenes guardan en el insomnio
los pesados zapatos del viaje,
porque también mueren de soledad los muertos.

El vuelo de la Palabra. La poesía en Extremadura 2018
Excmo. Ayuntamiento de Badajoz (Badajoz - Mayo 2018)
 
 

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