El niño triste - Cuentos desde la discapacidad

Siento una inquietud muy especial al tener entre mis manos un ejemplar del libro de cuentos "Venzamos barreras". Financiado por la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura, y la Fundación Iberdrola, es un libro de cuentos desde la discapacidad, con las mejores obras seleccionadas en el I Certamen de Cuentos Venzamos barreras, escrito integramente por personas con discapacidad, entre las que me encuentro.

 

Aportando su particular visión sobre las barreras físicas, afectivas, sociales, cognitivas y laborales a las que se enfrentan en su vida diaria, hay cuentos, en este libro, de personas con discapacidad pertenecientes a Plena Inclusión Xerez, Down Don Benito, Inclusives Plena Inclusión Villanueva de la Serena, SCL Minusbarros de Almendralejo, Apnaba Asociación de Padres de Niños Autistas de Badajoz y Feafes Salud Mental de Zafra.



La muerte se lo llevó una tarde. Murió como lo hacen todos los niños tristes: sin preguntar por qué, sin sábanas blancas, sin juguetes, sin canciones. Ahora duerme bajo el cielo, tan presente en la tierra donde una vaga sombra trae el recuerdo sobre el que discurren viejas voces y andan viejos pasos.
Ya no existe la casa en la que vivió, distante de todos, de la iglesia, de la escuela, de la gente. Las siluetas de la vida traspasan el tiempo y las imágenes se desvelan. 

El niño triste era la pálida luz de un niño, flaco y de piernas largas que terminaban en unos pies anchos. Su rostro era grotesco, falto de expresión, y sus ojos desmesuradamente abiertos. Nadie se extrañaba al contemplarlo así, consumido, repulsivo. Todos se habían acostumbrado a su presencia. Le vieron nacer y crecer como una flor más, como un árbol más. Los perros no le ladraban, los viejos le miraban en silencio y le veían como una equivocación de la vida. Los niños, los otros niños, se burlaban de él. 

El niño triste se acercaba todas las tardes al pequeño arroyo. Algunas veces, sus ojos se posaban en la parte próxima de la corriente y luego iban alejándose poco a poco, buscando un punto lejano del horizonte. En otras ocasiones, recogía piedrecillas del suelo que después arrojaba al agua entre salpicaduras de espuma blanca. Era su mejor juego, ver como se hundían y como montones de burbujas se desprendían de la profundidad, cobrando impulso, unas tras otras, para llegar a la superficie. Allí se arrumbaba casi feliz, deshaciendo su corazón sobre el agua, día tras día.


Era su mejor juego, ver como se hundían y como montones de burbujas se desprendían de la profundidad, cobrando impulso, unas tras otras, para llegar a la superficie. Allí se arrumbaba casi feliz, deshaciendo su corazón sobre el agua, día tras día.
Pero uno de ellos fue diferente. Un día, a la hora en que a la tarde le surgen alas, cuando el sol moribundo sangra en el cielo y en todas partes flota lo misterioso, en ese instante donde todo es sueño y rumor de cuento, de la remota lejanía brotó una figura que avanzaba hacia él. El niño triste no sabía cuánto tiempo llevaba observando aquella presencia distante, aunque sí tenía conciencia de que no era nadie conocido.

Cuando llegó a su altura, el niño triste miró el tono claro y alegre de las pupilas del Caminante y musitó interrogando:
—¿Quién eres tú?
—Un amigo —respondió el Caminante.
Aquellas palabras tuvieron la virtud de avivar una luz que se oscurecía en el interior del niño triste.

—¿Es cierto? —preguntó, mientras se esforzaba por comprender el auténtico significado de aquellas palabras.
—Sí, soy aquello que tú quieras ver en mí, aquel que ríe mil veces todas tus risas, esconde tus secretos y luego te los cuenta y descubre, aquel que llena tus estaciones abandonadas, que te hace gritar y andar a través de los ruidos, aquel que llora cuando tú lloras, te da calor sin quemaduras y te abre el corazón con su varita mágica.
—¿Eres un mago? —dijo entonces el niño triste.
—Algo así —contestó el Caminante—, algo así.
—Entonces, ¿puedes hacer que deje de ser un niño triste?
—Sí, si ese es tu deseo, tu esperanza. Fuera está el mundo esperando que salgas de tu propia cárcel, ve a él y serás como los demás.
En esa hora en que a la tarde le surgen alas, cuando el sol moribundo sangra en el cielo y en todas partes flota lo misterioso, en ese instante donde todo es sueño y rumor de cuento, el niño triste salió de su cuarto oscuro. Tenía prisa, prisa por vivir.

En sus primeros pasos captó la brillantez del cielo, su inmarcesible altura, y experimentó un repentino alivio. El niño triste miró con asombro el patio donde jugaban otros niños. Por su mente infantil se acomodaron ideas de juegos. Se acercó a ellos.
Alzaron la vista y comenzaron a reírse. Las burlas le llenaron por completo. Subrayó sus carcajadas tocándose el rostro. Se alejó unos pasos y bruscamente dio media vuelta. Sintió un vacío enorme. ¿No había dejado de ser un niño triste? El niño triste ya no lo era en su apariencia interior. Sin embargo, su exterior seguía mostrando al niño flaco y de piernas alargadas, grotesco, falto de expresión y de ojos desmesuradamente abiertos.                                                                                         

Las lágrimas brotaron de aquellos ojos. Rutilaban al descender por las mejillas, igual que las burbujas que nacían de la profundidad de su arroyo.

 Como un hilo de nube roto por dentro, el niño triste se alejó de los niños. Los juegos soñados fueron, poco a poco, voces perdidas de patio.
Sobre la calle, la sombra de la noche se perfilaba desmedida. La luna paseaba cautiva dentro de su globo blanco. El niño triste miraba el cielo pensativo, sorprendido por el hecho de que todo le pareciese extraño, como si se hubiera equivocado.
—¡Escucha! —llamó su atención el Caminante—. Los niños son veletas que se mueven cuando sopla el viento. A veces, el viento es fantasía y los niños son niños desnudos de malicia, van sin prisas, alegres, poniendo música en la vida con sus risas. Otras veces, el viento enloquece y los niños no hacen preguntas, barajan sus miedos y sus fantasmas van creciendo adentro como pozos de sombras. Es entonces cuando los niños terribles llenan la vida.
El niño triste miró al Caminante.
—Hoy he conocido a los niños terribles, son esos que a veces me llaman “minusválido”, “bicho raro”, “retrasado”, ”loco”… esos que siempre me dicen que me vaya, que me evitan, se burlan y se alejan de mí porque no quieren estar cerca de alguien como yo.


—Te desprecian por ser diferente y se equivocan. Hay personas que no entienden que no solo tú eres diferente, que todos sin excepción somos diferentes, que llamarte “minusválido”, “bicho raro”, “retrasado”, ”loco” es únicamente desconocer tu discapacidad, quizás por ignorancia o por miedo. Ellos sí que tienen una discapacidad que afecta a su corazón y que les hace no saber amar.
El Caminante posó su mano sobre el hombro del niño triste.
—La discapacidad es una característica más de las personas, igual que el color de tu piel o de tu pelo. ¡Vamos! La vida de un hombre se despliega conforme a lo que tiene delante, tienes que seguir avanzando. Tomemos cualquier camino.
El niño triste comenzó a andar. Llegó a una calle que le resultaba conocida, se paró junto a una casa conocida y halló en su puerta un niño conocido. Concibió su alma tan cercana y tan distante de aquel niño. Lloraba.
—¿Qué te ocurre? —le dijo.
—He perdido a mi madre.
El niño triste se sintió en aquel niño precipitado. Recordó como, un día lejano, la muerte sorprendió su vida y la de su madre. Recordó el dolor de su padre, con prisas, como queriendo cerrar una parte de sí ya perdida y abrir otra. Recordó a las viejas gemebundas intentando consolarlo.
—Reza por tu madre. Estará en el cielo, mirándote, desconsolada por lo que deja en la tierra. ¡Reza!
El niño triste recordó que no lo hizo. Para qué, por qué tenía que rezar si ya estaba en el cielo. Recordó que en la casa, sumida en la oscuridad, los muros parecían estrecharse. Tuvo la sensación de que las paredes se cerraban sobre él. Y huyó...
Suspiró su alma al sentirse derrumbado en las lágrimas del niño. Su madre había muerto de nuevo. Pensó que lo haría muchas veces más. Tantas como pudiese encontrar un padre con prisas, viejas beatas y un niño llorando sin esperanzas.

El Caminante volvió a apoyar su mano sobre el hombro del niño triste. El mundo se le ofrecía cruel y su grotesca telaraña le iba envolviendo.
—Es necesario no asustarse. Este camino no conduce a ninguna parte, simplemente se borra, como todos los caminos que son andados en esta encrucijada que es la vida. Lo importante, lo necesario, es saber mirar hacia adelante, dejando atrás las barreras de actitud de aquellos que no comprenden que casi todo el mundo afronta penurias y dificultades en algún momento, aquellos que entienden la discapacidad como una tragedia personal o como un castigo.
Las luces del alba fueron estallando y el color azul desplegó sus velas en el cielo. El niño triste siguió caminando.
—Has aprendido que a la discapacidad se le pone etiquetas cuando lo que hay que tratar de hacer es eliminar los sentimientos de compasión y lástima. Ahora sabes que es un niño con cara doliente que llora, una niebla extraña que te llena los ojos, te arrincona, que es soledad, tan solo, desde el momento que uno se siente abandonado.
Las ventanas del alba se abrían a la mañana. Inmóvil, en aquel camino le sorprendía la vida que hasta entonces había estado oculta. El mundo se iba llenando. Lo observó frente a sí, acercándose con todos sus detalles. Las voces tumultuosas se le aproximaron.


Pero la gente pasaba de largo, sin detenerse, encerrada en sus problemas, ajena a los demás, dando pasos siempre de la misma manera.

Observó como una mujer gritaba mientras era maltratada… y nadie hacía nada, como una bala perdida arrebataba la vida a un hombre inocente… y nadie hacía nada,  como un niño pasaba hambre y vivía pobreza… y nadie hacía nada. ¡Nadie hacía nada!
Recorrió numerosas calles. Todos los detalles giraron ante él con implacable claridad. El niño triste pensó que lo mejor habría sido no salir nunca de su espacio, de su trozo de cielo.
—Tu sueño se ha destrozado —instó el Caminante—. La muchedumbre camina sin reparar en nadie. Las personas tienen un momento para comer, para hablar, para trabajar, para llegar a casa, para amar, para mostrar sus rencores. No les importa que un niño nazca entre el ruido de disparos, pasando hambre o en una cárcel. No les importa que le quiten la ternura a un poema, que se vistan con odios y se desvistan de amor, que condenen a un hombre por aburrimiento, que levanten muros, que existan niños tristes que viven la crueldad de ser ignorados por ser diferentes. La gente pasa de largo, sin detenerse, dando pasos, siempre de la misma manera.
El niño triste se alejó, más raudo si cabe de aquel mundo. Y en esa hora en que todo es sueño y rumor de cuento, llegó a su arroyo, a su trozo de cielo, a su tarde. Se sentó en la orilla y sus manos, lentamente, comenzaron a recoger piedrecillas del suelo. Descansó la mirada sobre el agua. Un rostro se dibujó en su transparencia y atisbó como Ella estaba allí, con los brazos ligeramente alzados, como si se dispusiera a abrirlos para abrazarlo. El niño triste la miró y la vio delicada, extrañamente hermosa. Por primera vez, apreció que la soledad terrible y devastadora que le había acompañado persistentemente se desvanecía.

Ella llenaba el vacío que había en su interior, le daba respuestas a sus preguntas, razones a su vida. Y le sonreía. Y, de alguna forma, lo percibía no por su físico o sus capacidades sino por ser persona, única, irrepetible, imperfecta, válida, diferente pero igual.
Sin embargo, ningún sonido indicó su marcha, de igual manera que ninguno anunció su llegada. Ella había aparecido súbitamente reflejada en el agua. Del mismo modo, solo el agua volvió a ocupar el lugar que antes había ocupado el rostro.
El Caminante miró lentamente al niño triste.
—Me dirás que no has visto nada, que todo ha sido un sueño, pero sé que has sentido, que sientes su presencia, que te has extraviado en los contornos de su aliento, que has despertado un río sin desembocadura en tu corazón. Es amor, es respeto, es igualdad, lo que has descubierto. Ella te ha tratado como una persona, ha entendido tu discapacidad como una condición de vida, y te ha mirado sin miedo, sin desprecio, de frente y a los ojos.
—¡Persona! —pronunció con fuerza, y el eco de la palabra se repitió en su cabeza.
—Te dejo con tu vida —prosiguió el Caminante—. Podrás seguir siendo un niño triste o intentar sembrar tus huellas en toda la gente que va por el mundo paseando por las calles, dando pasos siempre de la misma manera, hundida en sombras y mentiras. La gente pasa de largo... Encontrarás más caminos que recorrer. Ándalos saliendo del olvido al que te han relegado, siendo consciente de las dificultades que deberás superar cada día. Así, cuando menos lo esperes, llegarás a otro lugar donde te esperará Ella con su mano abierta, delicada, extrañamente hermosa.


El niño triste murió una tarde, como lo hacen todos los niños tristes: sin preguntar por qué, sin sábanas blancas, sin canciones. Murió más solo que nunca, en la soledad del mundo. Pero en realidad no era así. Algo había cambiado. El niño triste sabía por qué moría.
Moría por nacer de nuevo a la vida. Debía volver a recorrer caminos, intentar vivir en medio de la gente, aunque cada cual se hallara sumido en los mismos pasos de siempre. Debía intentar que, al menos, una de esas personas detuviese su paso, le mirase, le sonriera o simplemente le saludara, que por un instante descubriera el valor de lo que hacía con su esfuerzo, con su voluntad y sus ganas de progresar, por su capacidad y no por sus condiciones.
El niño triste sabía que en algún lugar podría decir soy feliz. Por ello, con el corazón en la mano, contempló el horizonte en sus vagos límites, al tiempo que el sol dejaba el último jirón de luz en sus pupilas, lleno de paz, avanzó en su camino mientras comenzaba a intuir muy cerca un rostro.

© "Venzamos barreras. Cuentos desde la discapacidad" 2021
© francisco javier silva












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