Detector de mentiras

 



Recuerdo los días de mi infancia, en los que la mirada de mi madre era el mejor de los detectores de mentiras, y empuñar una zapatilla era el equivalente familiar del suero de la verdad. Entonces sabía y entendía que mentir era castigado con dureza y, habitualmente, de manera exagerada para mi mentira y para mí.
Pero los tiempos han cambiado cruentamente, y ahora ser sincero está sobrevalorado. Se miente a todos los niveles: en las relaciones personales, a la hora de hacer un currículum, hasta levantamos sutilmente la bolsa cuando pesamos los tomates en el “super”. Las ideamos como mentiras piadosas, yerros veniales, y nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de falsedad, conviviendo con ella a diario.
Se me hace terriblemente complicado entender que nuestros gobernantes, sean quiénes sean, se empeñen en ningunearnos con promesas y discursos basados en medias verdades o, mucho peor, en engaños completos.
Y me sonrojo cuando en las redes sociales, la mayoría de las veces, nadie se para en comprobar si una noticia tiene algo de verdad y ocupamos nuestro tiempo en servir de ventiladores a la basura que otros ponen en titulares.
A alguno de estos le vendría bien alguna de aquellas miradas de mi madre y algún que otro “zapatillazo”.

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francisco javier silva escritor extremeño Almendralejo
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