El coleccionista de Días de las Candelas

De uno u otro modo hacemos viajes a nuestra memoria para recordar el tiempo que pasó, a veces para buscar respuestas a nuestra vida cotidiana, otras para encontrar un lugar donde nuestras tradiciones y nuestra historia sigan vivas.

Lo que un día fue, tiene su continuación en el presente. Y no podemos permitir que esa memoria vaya desapareciendo, que nuestros hijos no tengan la posibilidad de aprender sobre sus ancestros y sus costumbres. Porque nuestra identidad es imposible sin la memoria, debemos ser capaces de valorar nuestra historia, nuestras tradiciones, para entender nuestras raíces y conservar su patrimonio intangible.

“Y sin embargo, ves, me aferro al lunes y al día siguiente doy el nombre tuyo y con la punta del cigarro escribo en plena oscuridad escribo: aquí he vivido.” 

Eliseo Diego

Almendral de Mérida (Sábado 01 de febrero de 1228) Hacía frío. Sin embargo, era una noche hermosa, con un cielo despejado en el que brillaban miles de estrellas. A lo lejos, la silueta dentada de las montañas dejaba muy atrás la ciudad de Mérida. Frente a la entrada a la aldea se había formado una pequeña multitud expectante. Se congregaban gente de diferentes edades. Todos estaban felices, ilusionados por la nueva vida que aquella tierra les ofrecía. El más anciano se adelantó unos pasos y examinó la leña que los más jóvenes habían amontonado durante el día. Después, observó los vastos terrenos y se dirigió a los presentes.

-    Estamos preparados para comenzar. Hemos dejado tras nosotros la ciudad que nos vio nacer y crecer. Somos campesinos y este nuevo hogar nos permitirá luchar por la tierra y su fruto. Quememos los malos espíritus en el fuego y que su luz nos purifique, nos traiga buenos augurios y buena fortuna. 

El anciano, con una actitud tan vigilante como la de un centinela, encendió la tea impregnada en aceite y la acercó al montón de leños. Las llamas no tardaron en abrirse camino entre los palos mientras un humo gris daba mordidas al aire llevándose consigo los malos agüeros.

Almendralejo (Sábado 01 de febrero de 1603) La calle estaba oscura. La única luz provenía de algunas antorchas muy distanciadas entre sí. A la entrada se emplazaba una barrera de troncos, a medio levantar. Dos hombres toscos y fuertes hacían guardia junto a ella. Una hora antes habían dejado de trabajar. La tarea se antojó dura. Resultó complejo asentar los techos de arcilla sobre los altos muros de ladrillos. A ello se sumó la guardia que les tocaba esa noche.
En silencio contemplaban como la calle se curvaba como una hoz, con la plaza en un extremo y la construcción del Ayuntamiento en el otro. Un movimiento en mitad de la plaza captó su atención.
Una antorcha encendida golpeó contra la pila de maderos y troncos amontonados, y tras un breve titubeo prendió sobre ellos. El murmullo de las voces de la gente, que había permanecido callada alrededor de la misma, sacudió sus oídos mientras un eco quejumbroso y espectral recorría la plaza, arrastrando al fuego todo signo de maldad.

Almendralejo (Lunes 01 de febrero de 1960) Don Juan José, el cura, siguió subiendo el tortuoso camino que las estrechas escaleras le ofrecían hasta llegar a lo alto de la Torre de los Almendros. De tanto en tanto, paraba su ascenso y descansaba antes de proseguir la marcha. Cuando las sombras de los muros dieron paso a la estancia donde las campanas se erigían en centinelas de cielos, tejados y campos, respiró profundamente. Quizás estaba demasiado cansado. Llevaba el alzacuello desceñido y los primeros botones de su sotana desabrochados. Una suave y fría brisa nocturna removía sus cabellos. Se mesó el pelo y reparó el desaliño de su ropa.

Tras examinar el cielo y comprobar que los astros brillaban con mucha mayor intensidad encima de los tejados, sacó de sus bolsillos un pequeño cuaderno de anotaciones y un lapicero. Quería transmitir al papel las emociones y todas las sensaciones que la visión de las Candelas, desde lo alto de la Torre de la Purificación, pudieran hacerle experimentar. Y compartirlas con los lectores de su Revista “Palenque”.
El sonido del reloj dando ocho repiques y un ensordecedor volteo de campanas le hizo sentirse vulnerable ante la visión que desde su observatorio le mostraban sus ojos. Al momento,
diferentes puntos de la ciudad se iluminaban con una profusión de estrellas fugaces que finalmente quedaban prendidas.
-     ¡Hermoso! ¿no crees, mi Dios? –exclamó, mientras esbozaba una amplia sonrisa.

Almendralejo (Domingo 01 de febrero de 1970) Perico miró el reloj de pulsera. Marcaba las 7 de la mañana.
-    ¿Estás seguro de que es la mejor hora? –preguntó Pío.
-    Lo estoy –respondió Perico-. A estas horas el “seño” Juan estará ordeñando las vacas. Es el mejor momento para que le cojamos las cepas que guarda en el cobertizo. No las quiere para nada y a nosotros nos vendrán de miedo.
 

Caminaron hasta la puerta de entrada del viejo cobertizo. Perico indicó con gestos a Pío que lo siguiera. Bajaron por una pequeña rampa y desembocaron en el lugar donde el “seño” Juan guardaba las cepas viejas que arrancaba al principio del invierno.
-    ¡Aquí están! –exclamó eufórico Perico.
Tras comprobar que nadie podría verlos, arrastraron las cepas por la rampa hasta la salida del cobertizo. En poco tiempo tenían el pequeño carro de mano lleno a rebosar.
Comenzaron a empujarlo por el camino de tierra que llevaba a la entrada del pueblo.
-    Te dije que todo saldría bien –dijo Perico-. Haremos una candela como no se ha visto en años.
Cuando llegaron junto a la alberca nueva, depositaron las cepas junto a un montón apilado de muebles viejos, ramajes y maderos de todos los tamaños. Sobre sus cabezas se alzaba la bóveda de un claro cielo azul que presagiaba que aquella noche resurgirían y arderían de nuevo las Candelas con la misma intensidad que el brillo de los luceros.

Almendralejo (Lunes 01 de febrero de 2016) El aire soplaba con fuerza a través de la ventana. Tenía un nudo tan grande en la garganta que no era capaz de hablar.
Tosió disimuladamente para sacarme de mi ostracismo.
-     ¿No me crees?
-    Es el Día de las Candelas, abuelo. En el porche está reunida la familia para prender a las ocho en punto, cuando repiquen las campanas de la Torre de los Almendros, nuestra candela particular, para después comer las chacinas con un buen vino de la tierra, y tú me traes a tu despacho para hablarme de no sé qué libro donde supuestamente coleccionas Días de las Candelas. Con todo el respeto que te tengo, debo decirte que me parece ridículo.

Me dolía hablarle así. Durante los últimos años, algo especial se había formado entre nosotros, algo parecido a un rígido cordón umbilical que nos unía y nos hacía cómplices de infinidad de vivencias.

-     No me lo estás poniendo fácil.
-     ¿Qué quieres decirme con eso?
-    Bien, para empezar, te diré que podemos desterrar nuestros recuerdos, negar su existencia, incluso para siempre. Yo he preferido quedarme con ellos, con los que me pertenecen y con aquellos que no, adentrándome en las escenas que a lo largo del tiempo dan sus rasgos a esta tradición del Día de las Candelas, en las que hombres y mujeres transitan en el camino de la vida, quemando en el fuego parte de su pasado y prendiendo en el resplandor de la luz su futuro más cercano. Porque de alguna manera, en alguno de esos momentos seremos capaces de reconocernos y reencontrarnos.

Escuchaba a mi abuelo con la admiración que siempre le había tenido, en silencio.
-    Estas vivencias de esperanza y desesperanza, de luces y sombras, no solo apuntan al pasado, sino que viven en el presente y se desbordan hacia el futuro. En este libro las recojo, un libro que, un día cuando yo falte, será tuyo y que deberás abrir El Día de las Candelas siguiente a mi muerte.
Miré a mi abuelo, con angustia. Detrás de la puerta del despacho seguían escuchándose risas y voces.

Almendralejo (Lunes 01 de febrero de 2021) Fuera el aire olía atierra húmeda. Una suave brisa me golpeó el rostro mientras entraba en la casa. Me dirigí al despacho que hasta hacía poco fue de mi abuelo. Durante cinco años no dejé de pensar en el libro donde, supuestamente, coleccionaba Días de las Candelas. Ahora lo tenía junto a mí. Y allí estaba yo, considerando que no estaba preparado para abrirlo. Tal vez, todo fuese debido a esa sensación de miedo a lo desconocido que nos aparta por un instante de la realidad. ¿Y si mi abuelo tenía razón? Fui consciente de que, la tuviese o no, ahora necesitaba saber qué guardaban las páginas del libro, de forma que lo cogí y lo abrí. Enseguida tuve la impresión de percibir voces, gestos, pensamientos… Los apreciaba tan reales que comprendí que no solo estaban dentro de mí, sino que siempre habían estado sin yo reconocerlos.

A medida que pasaba las páginas, los recuerdos de otros Días de las Candelas estallaban ante mí como si estuvieran conectados en un solo cuerpo. Así sentí como, un uno de febrero de 1970, el Centro de Iniciativas Turísticas promovía la tradición de las Candelas, dando píe a que asociaciones, centros de enseñanzas, colectivos y familias, participaran activamente de esta fiesta… como, un uno de febrero de 1980, la profesora Matilde Fernández daba nombre a la pantaruja… como, un uno de febrero de 1991, las Candelas eran declaradas Fiesta de Interés Turístico de Extremadura… como, en este insólito uno de febrero de hoy, Antonio Mulas, encendía la Candela de la Plaza de Toros, a puerta cerrada, sin público ni autoridades, o como el pálido brillo del fuego en la oscuridad hurgaba con su dedo apasionado sobre los rostros desconocidos que, a lo largo de tantos años, aparecían de forma inesperada alrededor de las candelas, y sentí, conmovido y atónito, como llegaba a mis oídos un espiritual “Sí, mi amado Juan José, realmente hermoso."


 


    



 




 




    

 

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francisco javier silva escritor extremeño Almendralejo
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