Tarde de domingo

 

La indiferencia suele ser demoledora, y abre de par en par la puerta a la soledad. Es arrogante y cruel y oculta sentimientos con su frialdad emocional.

Por muy poco que esperemos de los demás siempre confiamos que las personas que nos rodean reaccionen de alguna forma ante nuestros sentimientos. Cuando no lo hacen nos volvemos vulnerables.


El “Cristo” se bajó de la cruz y salió de la iglesia. Era domingo, un domingo diferente porque España jugaba la final del Mundial. Paseó con calma entre el ajetreo del final de una tarde, también diferente, hacia la parada del autobús. Nadie reparó en él.
Junto a la marquesina, había un mísero indigente esperando humanidad.
Había un hombre tosco que parecía despreciarlo.
Había una mujer que de verdad lo despreciaba, esbozando una amplísima sonrisa de labios pintados de rojo.
Había una amable señora que hurgó en su bolso en busca de monedas. Las encontró, las sujeto fuertemente en su mano y acto seguido le habló al vacío:
- Lo siento. No llevo nada encima.
El “Cristo” les dirigió una mirada escéptica y esbozó una mueca de desagrado intentando impresionarlos. Pero nadie reparó en él.
Decidió seguir paseando, pensando que tal vez descubriría un vínculo emocional con alguien a quien pudiera resultarle familiar. Sin embargo, la multitud ruidosa y desordenada con la que se cruzó, solo pretendía ponerse delante del televisor.
Decidió volver a la iglesia. Subió decidido a la cruz. No había sido más que un transeúnte invisible, al fin y al cabo.
A lo lejos, oyó el débil estruendo de los fuegos artificiales que evidenciaban que España había ganado el Mundial. 

 

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francisco javier silva escritor extremeño Almendralejo
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